mayo de 07
Introito: el pavo real, ese animal modernista, ha saltado de rama en rama, sin salir del Campo Grande, para retomar de nuevo la celebración de la inteligencia. Página a página, la Feria del Libro ha llegado al capítulo cuarenta, un capítulo en el que ha recobrado parcialmente la personalidad extraviada el año pasado. Entonces, cosas propias de las transiciones y de la corrección, se intentó contentar a todos y hubo manos negras alargadas. En la Feria, donde las carpas no son peces, se volvió a disfrutar con la literatura.
Capítulo I: Antonio Gamoneda (1931). “La verdad es un armario lleno de sombra. Ya / no hay más pasión que la indiferencia”. Del verso primero seguramente nacerá el título de lo que serán sus memorias, que significativamente e igual que ocurre con las de Saramago, terminarán en la adolescencia. Un armario lleno de sombra es el que, tres años después de muerta su madre, decidió abrir. Dentro se conservaban objetos testimoniales de su intimidad. Y al abrirlo le llegó el olor de ella.
Gamoneda es uno de los señores máximos de la poesía, cuya disconformidad ante la muerte se ha venido cargando de conformidad. De hecho, hasta hace bien poco, con la aceptación en el sayo, no advertía “más pasión que la indiferencia”. Y en éstas estaba cuando su nieta Cecilia le devolvió el brillo en la mirada, en la pluma y en el voto. Con estas energías renovadas hizo acto de presencia y, acto seguido, extendió como un mantel limpio ante los oyentes su manera de entender la poesía: aquella que no corrompe la palabra, que no la reduce y frente a la que sitúa el “no saber sabiendo” de Juan de la Cruz.
El escritor –astur-leonés se posiciona frente al verso simple –“de simpleza, no de sencillez”-, de lenguaje informativo y normalizado. El suyo se corresponde con una tradición –Elliot, Pound, Pesoa,…- que tiene que ver con el misterio y con la noción de desaparición, lejos del realismo reduccionista que encoje el pensamiento poético y que dejó de ser molde a partir de la imprenta. “Para referirse a hechos objetivos están las redes telemáticas”. Su intervención no fue amable, agradecida ni blandurria como la que cabría esperar de un homenajeado. Al contrario: beligerante y consistente, tan necesaria como la de su presentador César Antonio Molina: “La poesía está en el tiempo anterior a las palabras, no pertenece a la verdad sino al exilio”.
Capítulo II: Luis Landero (1948). “La luz desmaterializaba las cosas, que parecían a punto de ponerse a flotar (…) ¿No sientes cómo la rabia y el asco se anulan entre sí?”. Landero es un profesor, un inquieto, un diletante, un lector que de vez en cuando escribe. Cada cosa en su momento, sin prisas, “encontrando el ritmo de la vida”, como obedeciendo la consigna de Nietzsche. Y así, sin prisas, outsider, como debe ser, se plantea la vida y el trabajo. Este hombre recomienda no dejarlo todo a la escritura para no verse condenado a los bolos: artículos, conferencias, novelas a toda prisa. La cuestión es no ser un profesional del laurel, un esclavo como hay tantos, escribiendo con la lengua fuera, se me ocurre, como si fueran perros. Aunque las jaurías haylas en cualquier estamento. Por eso, en cuestión de escrituras “no es bueno depender del éxito, es una trampa de la que se acaba por depender. Pervierte”. Risueño e ingenioso, comprometido y apasionado: “Llenamos las carencias, los vacíos, las insatisfacciones con creencias, fantasías, locuras, amor e ideología”. Renuente a hablar de su libro –sorteaba hábil y constantemente las preguntas de Rioyo- su intervención fue la mejor de la feria. Con momentos antológicos: los allí presentes nos fuimos carcajeados y sabiendo que la vida y el amor son baciyélmicos.
Capítulo III: Luis Eduardo Aute (1943). “La piel deliberada / insinúa una prematura indiferencia / árida inercia de abrazos huecos / disecados en toallas de tristeza”. Poetazo, luminaria de la cultura. Hacía pocos días había impartido magisterio en el Teatro Calderón con su guitarra, demostrando que conserva la voz e ignorando canciones señeras de su repertorio –alguna, fuera de tiempo-; atacando, por el contrario, sus últimas ofrendas, que es como un autor se mantiene vivo. Quien escribiera en los setenta para La matemática del espejo: “Si pudiera al menos / no ya prescindir de la memoria / sino del deseo / de no recordar” se ve que tiene por fin las botas en el suelo y la mirada frente al invisible epicentro del horizonte sísmico. Está en forma. Reclamó el poder de la música y de la literatura que tiene la canción como único vehículo cultural para mucha gente, “incluso sin educación”. La experiencia de Leonardo habla: “Hay que rescatarla del subgénero en el universo de las artes. Estoy firmemente convencido de que lograr una buena canción es más arduo que una buena pintura, un buen poema, etcétera”. Compartió mesa con Sabino Méndez, quien en su Hotel Tierra analiza a propósito del mercado libresco: “Seguir las novedades es un suicidio intelectual (…) Abunda la literatura de circunstancias”. Habría que retrucarle, no obstante, que él, en estos momentos, también es novedad. Para que matizara una frase de tanto efecto y, sin duda, cargada de cognición. Pero, como él sabe, “esto ha ocurrido en todas las épocas. A principio del XX, el escritor más vendedor era Felipe Trigo y no Azorín o Baroja. ¿Quién se acuerda ahora de Felipe Trigo?”. Pues eso.
Capítulo IV: Fermín Herrero (1963). “Salieron de los bosques con sus labios de musgo a desentrañar la luz”. Lector compulsivo. Creo no romper ningún secreto si digo que ingiere unos cinco libros a la semana. Le tocó sufrir a una compañera, Almudena Guzmán, que fue pólvora mojada. Quería oponerse a Fermín pero sin argumentos. Ejem. Así que éste se paseó por la mesa.
La poesía es algo sustantivo que está en la naturaleza “y que no depende de la invención ni de la imaginación”. La poesía, continuó explicando, “debe unir lo decible a lo indecible” en su afán por eternizar el instante. Las ideas de muerte y misterio referidas al género volvieron a salir. Pero, además, en pos de la precisión, “debe buscar la belleza del mundo”, equivaliendo ésta a tanto como la verdad. “Cuando llueve es más fácil / darse cuenta de cómo funciona / el mundo: nadie aparta / el paraguas”.
Al final, Juan Carlos Mestre y García Jambrina jugaron a polemizar a propósito de un par de reflexiones del de Ausejo de la Sierra. Una:
-La poesía es un acto de emoción, encuentre o no lectores.
-Si no hace falta lector, ¿para qué publicas?”, inquirió ella.
¡Claro que son necesarios los lectores!, pero Fermín se refería a la naturaleza de la poesía…; complementaria, aunque la presentase diferente, la afirmación de Mestre: “La poesía son las hogueras de la resistencia, la desobediencia, la palabra civil, el pensamiento republicano y -de nuevo- lo misterioso convertido en revelación”.
Epílogo: semblanzas telegráficas. Con Ana María Matute llegó la ternura; con Jorge Edwards, la diplomacia; con Javier Serrano, la diferencia entre artista y artesano; y con Jorge Herralde –presentado por Elisa Martín Ortega-, el mejor editor imaginable de la mejor editorial posible, quien ha construido un sello más ideológico que ninguno, que publica a sus autores “incluso en los baches”. Anagrama. Un sello que hace política de autor a través de un catálogo sin capacidad para el engaño. La cuadragésima edición ha ganado en regularidad. Para ediciones posteriores, se debería acudir más a la personalidad y renunciar al carácter abierto donde todo podría terminar cabiendo. En el debe, la tirada de marcapáginas en las casetas de Información -este año, casi ausentes- y la voluble puntualidad en el arranque de actividades. Las mesas de por la tarde empezaban con veinte minutos de retraso.
El pavo real
Estar en la luna
26 de abril de 07
Nos cargamos los sueños con una eficiencia que nos aproxima al deslugar, al espejo de los ánimos hundidos. Y los extirpamos como aprendices de carnicero en el quirófano de las emociones. Deberíamos pensar en ello. Por ejemplo, en el breve lapso de ocio que le queda al común, normalmente coincidiendo con el camino de vuelta del trabajo. El dinamitador que dinamitó Europa en el ochenta y nueve con la especie capitalista hipócrita dinamitador fue. El cupido que clava puñales en vez de flechas disfruta de buen nombre. Y los dentistas conspiradores contra el ratoncito Pérez tienen la sala de espera llena. Llegará el día en el que los dientes de leche sean de whisky: daremos a los niños biberones como copazos empastados y no se caerán más paletos. Después del parto mamarán leche asiliconada con sabor a fresa.
Lo último es que se vende la luna a porciones, como una tarta. ¡Esto sí es carrera espacial! O sea, que si se la prometes a tu pareja y al poco no llegas con la factura que pruebe la compra de unas hectáreas, ella, él, ello, te podrá demandar por incumplimiento. Se lleva vendiendo dos décadas pero los más mortales -de momento lo somos- nos enteramos ahora.
Un intrépido se ha arrogado la propiedad de la luna y la despacha por parcelas, lo cual tiene pinta de gran salto para el hombre, pero de pequeño paso para la humanidad. Eso de tener unas tierras a cuatrocientos mil kilómetros de distancia, donde plantar lino o la tumbona, debe de molar: recordemos las palabras de Edwin Aldrin, el segundo astronauta en alunizar, cuyo nombre hemos olvidado como los de los ganadores de la medalla de plata en cualquier competición deportiva: “Se aprecia un panorama bellísimo”. No sabemos si Neil Armstrong habrá comprado, pero Reagan o W. Bush, cuyas vocaciones imperiales van más allá de la Tierra, ya lo han hecho.
Se vende el astro y quizás el alcalde de Valladolid haya pagado unos eurillos como inversión o pensando en un futuro retiro espacial. No extrañaría que desafiara la muerte y también consiguiera mayoría absoluta. Como no extrañaría que, en tales casos, quisiera presentarse a alcaide en un montículo lunar en la experiencia inaugural del sitio y repartir como agua de romero las primeras viviendas de protección. Y si el objeto sale de otro palo siempre podría ponerse unos tirantes de gobernador civil. Por cierto, apuesto que la Barberá tiene echado el ojo a la luna de Valencia.
Aunque la trama parece de un elitista que tira para atrás, el precio del acre sale a veinte dólares: o sea, unos cinco mil metros, quince euros. Razonamiento facilón es que, al precio del metro cuadrado en las españas, saldría bien invertir en esta bolsa de la compra. Y lo mismo, hasta desgrava. El método elegido para asignar el suelo selenita es tan arbitrario como increíble: el tío va y pone el dedo índice en un mapa del satélite. Esto es, lo mismo te toca un pubis que un cráter. El buen hombre, estadounidense, responde al nombre de Dennis Hoppe y, con la tontería, dice la BBC que ha recaudado en las dos últimas décadas siete millones de euros. Y le queda casi todo por colocar.
En este modelo económico de corte no intervencionista, la libertad tiende a infinito. ¿Qué pasaría si yo pusiera mañana un anuncio en el periódico diciendo que también vendo trozos de luna? O de sol. Lo mismo Hoppe me demandaba. Y si dijera que vendo saltos imaginarios de alegría o jirafas verdes en el pensamiento de los demás, ¿todo el monte sería orégano? ¿Y si trajino botellitas con aire de Australia, suspiros pronunciados en el metro de Moscú o arañazos en el agua? ¿Y si comprara vastas extensiones de cielo?: las compañías aéreas tendrían que comprarme trozos de autopista para atravesar mis lindes camino del aeropuerto más lejano. Hace cuarenta y seis años de Gagarin y cincuenta del primer satélite artificial. La URSS dominaba la cosa. Ahora Rusia tira la dacha por la ventana y monta a ricachuelos junto a sus astronautas. No sé quién chulea a quién, si Moscú a los millonetis o éstos a la plaza Roja.
Paralelamente a la destrucción del futuro por medio del panteón del pasado, intentamos no perder la memoria. Y se nos ocurre hacer pequeñas reservas con ella. Guetos. La mejor manera de practicar la extrema unción. Así, una autodenominada ‘Escuela de escritores’ ha propuesto apadrinar palabras. Apadrinarlas te sale gratis, cuestión a tener en cuenta ahora que el jaleo de Intervida ha dado ánimos a los desconfiados que siempre piensan que les van a robar la cartera y que nunca encuentran tiempo para la acción social.
La cosa es que acabamos apadrinando la recua, que tampoco está mal. Y hasta la costumbre, los pactos de Estado firmados estrechando las manos, la moral. La simple, porque la doble nunca ha estado en riesgo. También nos mola salir al campito, caminar diez kilómetros a las afueras en busca de una fuente y dormir en una casa rural, que si huele a vaca, mejor. Sagrado y profano se mezclan en untuosa ligazón. Lo antiguo mola pero para un rato, claro. Y digo yo que, aprovechando el impulso, por qué no -ahora que el futuro se echa encima con las manzanas mordisqueadas por Eva- apadrinar el cerro de san Cristóbal y tirarlo por el retrete. Volver a la pintura rupestre, no, pero ¿y recuperar el oficio de chatarrero? Si está bien pagado no faltarán demandantes. A ellos recurriríamos: portarían en un carretillo el yugo y las flechas de la cistérniga protuberancia junto al nomenclátor de algunas callecitas. El tema sería llevarlo todo a un descampado, montar un desguace guapo y luego vender la nostalgia por piezas a marcianos fascistas que veraneen en la luna.
Mi dulce señor
9 de abril de 07
Se podría decir de la Semana Santa lo que el periodista Felipe Sahagún comenta de la información internacional en los periódicos, “no le interesa a nadie pero tiene su público”. Incluso hay quienes, como Gustavo Martín Garzo, sienten fobia por las procesiones. El articulista de este diario Señorans, en esta época se retira a medir el mar, que es una cosa muy poética. O eso recuerdo de un artículo suyo.
Mientras en Castilla hacemos del recogimiento virtud, en Nueva York no se andan con chiquitas: han previsto “de manera casual” las fechas de Semana Santa para exponer en una galería manhattanera un jesucristo de chocolate y leche, como si fuera un rey mago. La liga católica del país ya ha puesto el grito en el purgatorio. O en el infierno, que es donde más eco cabe hacerse. Ante “la avalancha de correos y llamadas agresivas”, todas muy cristianas, el director de la exposición ha dejado en suspenso exhibir la talla durante la celebración religiosa. Lo mismo sí, lo mismo no.
Parece que una de las cosas que más ha molestado a los seguidores es que las partes pudendas del esculpido no están tapadas sino a la vista, hechas del mismo chocolate, como en una invitación golosona a llevarlas a la boca. Y, claro, se ha montado el Cristo. No se dan cuenta de que, si al calor de los focos añadimos el de una tela, el chocolate podría derretirse a la altura del vientre, dejando una imagen derramada subliminal poco aconsejable.
Y si las partes del representado, pura imaginería, dan el cante no será por llamativas, ya que no son precisamente las de los retratos de Robert Mapplethorpe: guardan proporción. Pero defender la idea de un Jesucristo sexuado es difícil entre gente que piensa que la Virgen fue poco menos –o poco más- que polinizada. Fíjense, si no, en la que hay a propósito del libro-catálogo de José Antonio Montoya, cuyo nombre mala rima tiene. La derecha ha criticado el patrocinio público en Extremadura del programa de la exposición, que califican como nauseabunda. En ella, Jesucristo sale masturbándose y el arcángel san Gabriel eyacula sobre María. Se trata de una paráfrasis de cuadros clásicos que han contado con un manifiesto de apoyo de más de cien intelectuales, entre ellos Luis Landero, Luis Pastor, Montxo Armendáriz o José Saramago. Curioso es que en Castilla y León y en Valencia los respectivos gobiernos conservadores habían destinado partidas a la misma obra obscena. Y los catálogos guarros también habían contado con su beneplácito. Curioso también es conocer que en Cáceres las fotos de la discordia se expusieron en un espacio cedido por la Iglesia Católica, previa reunión del artista con dos sacerdotes de la diócesis de Coria.
La idea de un Jesucristo en pelotas procesionando Castilla y León es inadmisible para el ciudadano medio aunque iría bien con su espíritu viejo, estoico, regio. En Castilla los experimentos se realizan entre pisuergas de gaseosa. Y salirse de lo establecido equivale a sacrilegio. Las cosas, como son, aunque malas; las cosas, como estén, aun torcidas. Aquí la Tierra fue plana más tiempo que en el resto de lugares eratosténicos. Y no digo yo que en algún pueblo residual no queden lugareños sin desechar tal opción. La Semana Santa, vivida al margen del arte y de la sugestión, es una prueba ancestral de lo que somos. En Valladolid, olvídense de ver figuras de chocolate ni fotos impúdicas en los museos. El que se mueva no entrará en la fotografía ni aunque esté sacada con gran angular. Hay que estar quieto y decir lo previsible. Como Francisco Vázquez, cocinilla de la política capaz de haber estado en todos los fregados y partidos y ahora ser embajador ‘de izquierda’ en la España de la crispación ante el Santo Oficio. O sea, omnipresente, atributo sólo de Dios -lo de omnipotente siempre me ha sonado fuertecillo-, reposado y presumible como Vázquez… y como su pregón, aunque haya consultado para hacerlo “más de mil fuentes” según nuestro hiperbólico alcalde y candidato, con calzón azul gaviota, a la re-re-reelección.
Más menos que más
19 de marzo de 07
O se moderan por las buenas o tendrán que hacerlo por las malas. Entonces, los responsables del primer partido de la oposición volverán a enmudecer, como cuando aquel marzo en que pasaron de las nubes al betún. Apelando a una cuestión tan cojonuda –el “pensamiento testicular” que dice Vicent o el “cerebro cojonudo” que decía Unamuno- como es la patria, tan cojonuda y tan del treinta y nueve, con sus emblemas, pancartas y cánticos espirituales, no se pueden ganar unas elecciones. Pero no se dan cuenta, sólo ven la zanahoria. Rajoy respondió a un compañero de maitines, cuando le expresó su preocupación ante la abundancia de banderas aguileñas en las manifestaciones de personas cívicas: “No es momento de pureza, sino de acción”. Y así se van a quedar, petrificados en la acción, rodeados por fuerzas centrífugas y centrípetas. Van a ser escuela de patetismo, junto al Laoconte. Pero sin arte.
Detrás de la masturbación del pasado 10 de marzo y de su demostración de poder hay una verdad: su éxito rugiente es entre acólitos y supporters. Por ejemplo, los que llenaron los más de mil autocares desplazados a la capital desde todos los rincones de la piel de toro, olé. Al final se reunieron doscientos sesenta mil amigos –según cálculo de la edición digital de EL MUNDO- en una Comunidad, Madrid, de seis millones de habitantes; doscientas sesenta mil personas en un país de cuarenta y cuatro millones. Psa, está bien pero tampoco nos lo magnifiquen.
Con sus actitudes trashumantes, el PP ha desequilibrado el fiel de la balanza: la responsabilidad política brilla por su ausencia en las convocatorias. Sus dirigentes no han declarado un gobierno paralelo como en México, pero desprestigian las instituciones mejor que López Obrador en el país azteca. Con sus ribetes de pasado histórico sin memoria se gana la plaza de Oriente pero no los jardines de Moncloa. ¿Qué parálisis facial, acompañada de oportuna sofrosine, mostrarán cuando vuelvan a perder?
Un día antes de Madrid, Valladolid fue la explanada escogida. Aunque ha habido otras concentraciones más populosas, el gentío logró arrebatar la plaza del Ayuntamiento, que pareció más Mayor que de costumbre. El Conde Ansúrez puso la nota discordante: el único que no portaba la bandera de Españaunagrandeylibre. Él, pasando de todo y de todos, gastó la tarde agarrado a su tradicional pendón desorejado de vallisoletanismos estandárticos. Los demás, águila más, águila menos, blandían banderas rojigualdas. Más de uno, inclusive, pensó en robarle la espada del cinturón de castidad ideológica para hacer con ella cosas feas mientras cantaba prosa poética: “Zapatero, vete con tu abuelo” o “Zapatero, al paredón”. Este cancionero, propio de gente de orden, le condujo a don Pedro al lamento: “Con Alfonso VI había más paz”.
Claro, que él no estaba convocado. Su origen es noble pero tal vez no sea “gente de bien”, como se exigía para revocar el derecho de admisión. Y Ansúrez vigiló el percal firme como un soldado de la Guardia de Honor en Praga. Cuando las aguas agrias y organizadas volvieron a sus cauces afluentes por Ferrari, Santiago, Pasión o Correos, el conde se quedó ahí, plantado, muerto de pie, a lo Casona. Sólo se pondrá a andar camino del colegio electoral. Para votar distinto a lo establecido. “Son muchos pregones vividos; mucho corazón bombeando horchata desde el balcón del consistorio”, reflexiona con la certeza del testigo silencioso de muchos años de pachanga y lanzamientos de huevo con arco.
En las concentraciones antiantiterroristas de los populares duerme el pasado despierto. Los megáfonos algazaradores reproducen en un presente imperfecto de indicativo el imperativo oculto del pretérito azul perfecto. Y disimulan mirando, con un lazo en la sonrisa recién empastada de la solapa, el futuro que no vendrá. Los tiempos verbales mal conjugados siempre han sido refugio de villanos. Y propios de malos pescadores, quienes no saben lanzar la caña sin río revuelto.
En vez de ‘gente de bien’ debieran haber convocado a ‘gente bien’. Para no inducir a error. La exaltación, insisto, fue puro pasado: si fray Luis hubiese reaparecido se habría mordido la lengua al ver a Rajoy reinterpretar su “decíamos ayer” entre disfraces de civismo contemporáneo y amor patrio de señoritos. Fue Machado quien, a través de su heterónimo Juan de Mairena, escribió aquello de que la patria “es un sentimiento del que se jactan los señoritos”.
La postura actual de apelar a los bajos instintos, cojonudesca, les aleja de los órganos de decisión y más que de más les hace de menos. Los que fueron gentes piadosas con grapos se han vuelto intransigentes y no entienden que la Ley penitenciaria obligue al Estado a intervenir, sin especificar si detrás del grave riesgo para la salud hay un intento de suicidio o un cáncer Terminal.
¿Y qué excusa esgrimen los señoritos? Claudicación ante ETA. Yo le recomiendo al sumiso votante –al menos, al castellano y leonés-, que se pase por el Ioba, cuyo personal anda en estos días cerca de la erradicación de la miopía a través de la llamada cirugía refractiva. Pero el problema pepero se junta con un cruce tumoroso de hipocresía aguda e intoxicación inmanente.
Como una mentira repetida tiene mucho peligro, el Gobierno ha usado la legítima defensa para hablar de los cientos y cientos de excarcelaciones y acercamientos que en época de Aznar hubo. De las negociaciones al poco de lo de Miguel Ángel Blanco; de los reagrupamientos cuando Ortega Lara estaba a dos metros bajo tierra, criando en la barba un rizo liso valleinclanesco pero sin gota de esperpento. Y para subrayar la cobertura judicial de cada medida adoptada en los últimos tiempos: toda decisión debe basarse en el Derecho y luego responder al principio de oportunidad. Así ha sido. La cobertura legal es innegable: a los previsibles apoyos del juez de vigilancia penitenciaria y del fiscal general del Estado hay que añadir el del tribunal Supremo -optó por atenuar de 12 a 3 años la pena por escribir dos artículos de amenzas “no terroristas”-, el de la Audiencia Nacional y el del Constitucional.
En cambio, durante las legislaturas imperiales parece que todo hubiese valido. Ya no es que entre asesinato y asesinato -de 1997 a 1998- se practicase el tercer grado: es que tan sólo una semana después de un atentado con víctima mortal, Aznar se manifestaba “comprensivo” ante el Movimiento Vasco de Liberación. En ese periodo se anunció que la “generosidad” iba a ser practicada incluso desde Navarra... saquen conclusiones. Ya durante la tregua, Ansar procuró sin cesar “un final dialogado” para el que no pedía “ni arrepentimiento ni entrega de armas”. Tampoco hay que olvidar la soltura con la que pronunciaba “la reinserción de presos” y las posturas indulgentes que mantuvo en beneficio de cientos de presos que regresaron con esposas o sin ellas a la península. Y entre lo más chocante, cómo autorizó negociaciones dentro de lo que denominó “una nueva política penitenciaria”, más “dinámica”. Todo, salpicado de más de mil actos de violencia callejera, extorsiones y robo de explosivos. La hipocresía es infinita: ahora no dejan que un Gobierno ejerza su función de gobernar –las urnas votarán-. Y para ello se valen de las zancadillas más peregrinas. Pero, a río revuelto, lo mismo pescan peces con forma de papeleta electoral.
Es por eso que, ante la propaganda, toca información: el PP concedió dos redenciones extraordinarias máximas a De Juana por escribir un libro en el que vilipendiaba el sistema penitenciario. Al final, los favores carcelarios en la época Aznar lograron que el tiempo de prisión del de los veinticinco asesinatos se redujera a dieciocho años. A pesar de todo, en la actualidad, los hombres de hierro critican una prisión atenuada, no excarcelación, y secundan y organizan un desfile por si acaso tras otro.
Al tropezar con la actitud incivil de los que han tomado el arcén travestidos de pancarteros me es inevitable acudir a la poesía última de Sánchez Santiago. Y oigo “el ruido de las calles: qué cruel mercadería”. Y veo los lorquianos “tigres muertos en las avenidas” o “insectos de ojos intolerables”. Y advierto “un orden provocado de jardines que dejan / lujo y devastación en la mirada”. ¡Cirugía refractiva para todos, por favor! Respecto al derecho de salir en procesión santa contra el gobierno, cabe señalar que una actitud constitucional puede degenerar en “agitación”. Así, la libertad de reunión se puede usar para urdir un atentado o conspirar trazas explosivas a cuento del Once Eme o para culpar de la bomba contra Aznar al anterior presidente socialista -por otro lado, de infausto y corrupto recuerdo-.
Ayer, hoy y siempre, la patria señoritinga. Lo mismo aquí que en el treinta y seis. O que en el treinta y cuatro, como dicen los nuevos apolo-jetas de puños encendidos. En Madrid, precedido de un justificante viva a la libertad siguió otro a España. Y se encendió el himno, un símbolo separado de su uso institucional. El PP en campaña se ha desvelado excesivo. ¿Dónde, sus liberales? Antes del himno habían cantado Libertad sin ira. Esta canción, como ha reclamado su compositor, no se usó para desunir. La apropiación llevó también a la familia de Unamuno a recriminar que el “Venceréis pero no convenceréis”, a propósito de los papeles de Salamanca, fue una usurpación sin sentido. Otras confiscaciones han sido el lazo azul o la bandera.
Y es que el sentido de los símbolos de Estado está fuera de lugar cuando se acomete extramuros del pacto. Cuando se usa para restar lo que sólo nació para sumar. Cualquier día esta derecha llevará un casete para poner el himno en los bautizos o en las bodas. “Es un hijo de la patria”. O para sintonizar el Cara al sol -siempre hay voces que lo reivindican-. Definitivamente, el cojonudismo, el cerebro cojonudo, es una fosa con aspecto de podium. De momento la están cavando con los chismes.
"La culpa no está en las estrellas"
25 de febrero de 07
No sé para qué sirve un Estatuto de Autonomía, pero debe de ser una cosa muy seria. A pesar de no saberlo, intento enterarme. Hay quien no se entera pero todo lo sabe. El caso es que después de la espantá del pueblo andaluz, Juanvi se habrá pasado la mano por la frente: “Jo, menos mal que aquí somos previsores y no hacemos referéndum”. El presi sabe tanto lo que hace como lo que deja de hacer. Ahora mismo, abres las urnas al sí y al no y la papeleta te cae de canto. Seamos sinceros: la democracia desprestigia.
Contrariamente a lo que pudiera pensarse en una ideología de intervención, a la izquierda le pierden sus formas consultivas. La izquierda es demasiado demócrata. Consulta cosas que hay por qué. ¿Que se inicia un proceso de reformas que afectan al modelo de Estado? Pues ahí tienen, señores políticos, sus cámaras acorazadas para ir sacándolo adelante. En el caso de Andalucía, sus señorías han perdido la ocasión de escenificar la mayoría absoluta con un nivel de participación del cien por cien, en plan bananero. PSOE, PP e IU, como en Fuenteovejuna. Hay que fastidiarse. ¡Más que un pacto a la germana! Un tripartito iba a decir, pero esto es marca registrada y sólo puede aplicarse a la cosa catalana.
Para qué sirve el pluralismo me pregunto cada vez que leo noticias del Reichstag. O sea, que meses de precampaña, semanas de campaña, discusiones calóricas. Platós rotos de televisión y miles de fotos en lo que antes era primera –ahora dicen que los periódicos tienen portada- para que al final se me pongan de acuerdo. ¿Que a y be se quieren dar besos a lo Breznev? Oiga, ¡métanse mano desde un comienzo: evitan el gasto público y todo el tinglado de la elección! Hay quien piensa que el consenso es necesario en las cuestiones de fondo. Personas más modestas apuntan “deseable”. Vuelvo a discrepar, sobre todo con lo primero. Las cuestiones de fondo son las que menos hay que pactar. ¿Cómo entender en España una hipotética ley de Educación cuando derecha e izquierda difieren de raíz en el concepto y el desarrollo de la propia materia? Las ideas a la basura. Aunque no desentonarían. Todo es desguace.
Como la democracia desprestigia, nadie se quiere rozar con ella. Empezando por el votante medio. Estoy con Benjamín Prado: no debería haber política sin ciudadanos igual que no debería haber ciudadanos sin política. Pero no les vas a poner una pistola en la cabeza para que se preocupen por las cosas importantes. Lo mismo hasta te denuncian. En definitiva, la culpa es del ciudadano. Sí. Porque digo yo que tendrá opinión. En el caso del estatuto, no hacía falta devanarse los sesos. Era ‘sí’ o ‘no’. Y si alguien va de guay y de anarca, que ‘en blanco’.
El desapego es fruto maduro del capitalismo. Acomodaticio y sin embargo protestón, el pasota –no otro- es el protagonista del treinta y tantos por ciento censado que ha ido al colegio electoral. Las razones del ‘descontento’ hay que buscarlas en el propio descontento, insatisfecho por demás, y no en el político. El pasota es capitalista como el anarquista es de derechas. A los cuatro les excita el patrón neoliberal.
Si el desapego es capitalista, la abstención es posmoderna. Ambas conductas, reflejo de las políticas de consumo. Y es que, paradoja va, paradoja viene, el capitalismo es la anti política. Casi diría que el que desprecia el ejercicio del voto no es merecedor de tal libertad ni de que su opinión sea tenida en cuenta. Eso de no ir a votar es para retirar pasaportes y cartas de buen ciudadano. En algunos países, una vez se tiene la mayoría de edad, es obligado votar. Eso está bien. ¿O es que sólo nos creemos maduros para aceptar contratos basura, matar a los cónyuges y no reciclar la basura? La virtud, aunque sea con calzador. Y el que quiera libertad liberal que se vaya a la selva. O a Estados Unidos.
La sociedad da la espalda a las urnas y lo que hace realmente es darse la espalda a sí misma. Nunca van a cambiar nada los que optan por no opinar cuando y donde toca. Engañarse uno a sí es más fácil de lo que se piensa. Los rebeldes que pasan, tío, son los mayores colaboracionistas del régimen con el que no comulgan. La indiferencia es segregacionista, crea guetos, exclusión. Las opiniones sin contenido o no emitidas crean individuos embasados al vacío.
El gentío no sabe qué decir porque no sabe pensar. Pensar la postura de uno ante la vida, formarse una opinión, además de humanizar, cuesta sacrificio. Y en el país de los hedonistas el placer es el rey. Quieren explicaciones pero no hacen ni medio esfuerzo en leerse la primera página de un programa electoral. Se quejan recurrentemente de que tal político no ha explicado su postura -“y así cómo vamos a decidir”- pero no leen varios diarios con atención y les sale urticaria cuando sale un propagandista en televisión.
Al populacho le das voz y voto y se queda únicamente con la voz para poder seguir criticando lo que se le pasa por la cabeza. Jamás hará nada de facto que merezca la pena, pero reparte estopa contra todo y contra todos. Jamás reparará en la dificultad que ronda la gestión de lo público y por eso reparte sencillez a racimos.
Volviendo a los estatutos. Son la evolución lógica del Estado de las Autonomías. Si en esta Castilla hubiera habido una consulta al respecto, lo mismo llamaban de la redacción del Guiness. Y no para registrar aquel abrazo mayor del mundo que no nos dimos en ferias.
Dentro de todos los dictámenes que despiertan mi sonrisa, uno de los más cachondos es el que atribuye el fracaso del asunto a la izquierda. Y por algo más que por avistar tal caldo de cultivo en las vitrocerámicas populares. La culpa es de la izquierda –de Zapatero, ha personalizado Acebes-: porque ha perdido el contacto con el pueblo; porque no ha explicado la necesidad de la moción; y porque la gente no quiere líos estatutarios. Vamos a ver, majaderillos. Si la gente no quisiera líos estatutarios, habría ido a votar ‘no’. O, todo lo más, habría sacado el pañuelo blanco del bolsillo que usa en el estadio de fútbol y lo habría introducido en el arca. Pero pasa que el ‘sí’ ganó de goleada. Si no lo ha entendido, vuelva a leer las últimas líneas.
Además, con qué cara va un conservador a votar ‘no’ cuando Arenas le pide un ‘sí’. O cuando, si Feijoo muestra coherencia, su partido se sume en Galicia a un estatuto a la catalana; o cuando sus siglas impulsan en Valencia y en Baleares las aspiraciones del sinvergüenza y destripador de Rovireche. ¡Menuda esquizofrenia!Tenemos opinión hilvanada a titulares y las elecciones son la catálisis del gregarismo. El desinterés es comida en un restaurante sin tenedores, posada en un hotel de media estrella. El desinterés es el estado prenatal de la persona, la tendencia más facilota. Lo que en dictadura se perseguía a toda costa, en democracia se vuelve prescindible. Los derechos inherentes son así de relativos. Y la culpa de nuestra falta de interés, repito, no la tienen los políticos. “La culpa no está en las estrellas”, creo que se decía en ‘Recuerda’.
Seguramente Hitchcock había copiado a Shakespeare . La moraleja ya no es el final de las fábulas sino una zona residencial y dudo que Esopo se hubiera metido a articulista. Aun así, la lección o enseñanza de esta tribuna es que el ser humano es irresponsable y caprichoso. Y aunque luego le exige cuentas al rey nunca se las pide en Zarzuela, sino a través de las revistas del corazón.
Con uve de negocio
24 de enero de 07
El nombre de la sociedad municipal dedicada al suelo, VIVA, es un aviso para cristobalcolones. Una tomadurita de pelo, una ironía, un retortijón intelectual. Viejas formas. Estoy seguro de que a la tropa malaya marbellí le habría encantado la denominación de origen. La pandilla basura -a juzgar por el abuso que hacía de la bolsa barrendera- no habría ideado mejor forma de carcajearse a la cara sin perder la compostura. VIVA. A la luz y al taquígrafo de las opacas concensiones de uvepeós, estas siglas suenan acrónimamente a cachondeo. ¿No oyen, sufridos lectores, las risotadas?
Los afluentes peninsulaibéricos están ahí: Porchinos, Ribaroja, Telde, Orihuela, Castellón, Valencia, Alicante, Jaén, Morón, Fuerteventura. Recalificaciones, información privilegiada, cohecho, fondos malversados y por malversar, alcaldes ratificados en el cargo aun con procesos judiciales abiertos en contra. Privatizando lo público, que es lo que se lleva. El suelo, lo mismo que el gas.
Qué pena de termitas y de otros insectos plaga, que no gustan de los materiales modernos de deconstrucción. Así sobrevenga una aluminosis colectiva que derribe las moles hormigoneras según están siendo levantadas. Por la noche, para que no haya muertos y se escuche mejor la digestión de la economía, derrumbándose camino del intestino. En algún caso, el Gobierno ha tomado cartas y ha echado de la partida a bloques torrenciales que okupaban la costa mediterránea.
El metro cuadrado, el ladrillo, la garambaina de la vivienda. Como resultado, decenas de cargos del PP imputados por delitos urbanísticos. En el cómputo, ellos son mayoría absoluta, como aquellos diputados aznariles en el Congreso cuando la segunda legislatura imperial. Esto por lo que respecta a otros; en Castilla hay pinares que hacen la boca agua a más de uno. Y, para no ser menos, en Valladolid tenemos Arroyo de la Encomienda, algo es algo. Y VIVA. Viva la virgen, viva la Madre, el desmadre, la legal ocurrencia presuntamente prevaricadora. Viva la Pepa, no, eso no. Arroyo… y viviendas de protección.
Todavía colea por tertulias tabernarias la historia de aquellos hijos de altos cargos que hallaron el trébol de las cinco hojas yendo de tapas o algo así. Valín, De la Riva, Monje, tres señores cuyos vástagos han salido beneficiados de súbito. Y de tapadillo. Su prole obtuvo una casita a precio de saldo gracias a una mano inocente que, resabida, abrió el sobre correcto. Hijos de tres cargos hay, que se sepa.
El regidor vallisoletano se apresuró a eludir toda transparencia en un principio. El otro día se reafirmó. Se negó con ceño fruncido y sonrisa profidén a hacer públicos los datos que rodean el escándalo. “Como si mis hijos no tuvieran derecho”.
Ni en los casinos de La Habana precastrista la ruleta habría caído tantas veces en el mismo número del mismo color. Cosas del azar no, que no hubo sorteo. La suerte, ya se sabe, a veces es caprichosa. Y se pué equivocá. Mejor nos lo jugamos todo a méritos. Eso, que reúnan las condiciones que impongamos. La vivienda está VIVA y coleando y grita salvas de satisfacción; los aconcejalados responsables patrios de mantener en orden el caos pierden al póquer; los estribos caen rodando por Levante; revienta la banca y todo queda en vino de borrajas; la gente olvida; justifica; “cualquiera lo haría”; el ciudadano va a urnas; una persona, un voto; el que tiene boca se equivoca; y el que tiene mano, mmm…
Entre los exigentes requisitos se cuenta que figuraban: un determinado color de pelo, la estatura y el número de pie. Y, como quien no quiere la cosa, un máximo de tres mil euros mensuales. Risa nerviosa. Normal, la gente necesitada iba haciendo hueco. “Pasen, pasen, por favor”. Los responsables de la gestión optaron por el tipo más alto de protección porque, de lo contrario, no había manera, oiga. Primero; ¿quién, con un sueldo semejante, necesita que le abaraten la vivienda a menos de la mitad de su precio en mercado? Segundo: si el beneficiado de las trilerías es un cargo público la ofensa es mayor. Habrá que hacer sartenes sin mango para que se quemen con el aceite.
Hasta hubo quien, empadronado en Tenerife pidió caridad en Valladolid solicitando un piso –que le fue otorgado- al tiempo que adquiría un chalecito de cincuenta kilos allende la península. Esta gente se pasa por el forro la última medida gala: Francia, cuna de la revolución, demuestra que el Estado Social es la última defensa del ciudadano ante el poder, la última posibilidad para creer en una democracia de capa caída. ¿Libertad, igualdad, fraternidad? Mariconadas. Siempre nos quedará el toro de Osborne en algún montículo y en las camisetas con la banderita. En las plazas, se va a al paulatinamente echando el cerrojo a las corridas. Se caen, una a una, por su base.
Volvamos arriba la mirada. Los pirineos ya no protegen la reserva moral de Occidente, la moneda es única y esperemos que las leyes, epidémicas. Asistidamente contagiosas, cumplirían su papel de servicio al pueblo. En el país vecino, el derecho a vivienda será exigible ante los tribunales. Sí señor. Con dos narices. El primer ministro, ese Vilepén siempre bronceado que escribe poesía en los márgenes de sus cuadernos de gobierno, lo ha anunciado.
La ley hará del Estado el garante jurídico. Parece ser que en Escocia hay una legislación similar. Veremos cómo se desarrolla, pero la iniciativa es plausible. Pionera y generosa. Y aunque se plantea en dos fases, la segunda se desarrollará en dos mil doce, bienvenida. Los atrabiliarios se van a meter la especulación por donde la espalda pierde su casto y, sobre todo, recto nombre y van a hacer de su monopoli una merienda de blancos.
Para colmo, el ministro de Cohesión Social, Jean Louis Borloo –un nombre muy francés para no desentonar con el espíritu de la norma- declara que el objetivo de la ley no es “generar satisfacción”, sino “agitar toda la república”. Agitar, agitar. Si es que llevan al incorruptible Robespierre en la sangre. Jean Louis anima a la gente que se vea sin techo a denunciar al Gobierno, ya que podrán imponerle multas si no se garantiza el tema. Unos fenómenos, eso son. Ya quisiéramos algún zarandeador que nos zarandease.
Qué envidia. VIVAN las escrituras. Aquí uno oye ‘dadle agua al sediento’ y se baja del Mercedes un pocero que acaba de doblar la esquina con ganas de hacer de la necesidad virtuoso negocio. Ante lo complicado de pagar un cobertizo, lo mismo de repente la gente se empadrona en la Provenza. O en cualquier punto cardinal de la France. Lo mismo hay una fuga de escrituras o de estómagos a París. Que si hasta ahora no se debía de vivir tan mal allí, ahora pintan oros. Los amantes de las libertades seguirán diciendo que aquel Estado –el francés, pero el Estado en general, vamos- subvenciona la vagancia. Si, en lo relativo al tema abordado, eso piensan: que empiecen por despegar las adhesiones prestadas a todos los textos constitucionales que en el mundo desarrollado han sido. No encaja esta libertad a la carta con la querencia de derechos sólo formales. Estos pesados no hacen más que lamentar que los gobiernos regulen. “Jo, cómo se pasa la izquierda, qué mala es”. Pues, miren, en Francia la medida intervencionista la ha tomado la derecha, que allí da ejemplo a propios y a extraños. VIVA la república. Francesa, claro… aunque todo en la vida es cuestión de tiempo.
El arte de la memoria
12 de diciembre de 06
Puestos a elegir una música con la que asociar la región, la mayoría de los castellanos y leoneses –contra la Academia- escogería la jota. Una música popular, poco descriptiva de lo que somos y sostenida en el adorno folclórico. Para Antonio Gamoneda, nacido en Oviedo, provincia de León, y justísimo Premio Cervantes de este año, lo que nos sienta a tono es el blues. Esa música sureña de los Estados Unidos, emparentada con los campos de algodón y el delta del Misisipi. Aquella por la que se arrancaban los negros esclavos. Por eso escribió en los sesenta: “Hay en mi tierra un pueblo sin ventura”. A la inanidad autonómica había que sumar el franquismo; frente a la adversidad, la resistencia. Se enfundó de compromiso y la escritura le dio plantón. Antes, en medio de la oscuridad, había aseverado: “El año que la gente empezó a irse / en muchas casas no quedaba nadie”. Por eso el blues. Han pasado cuarenta años y en Castilla la Nuestra poco ha cambiado. Su obra concentra la descomposición de los grandes misterios de la creación literaria: la razón estética de la poesía y el sentido profundo de las palabras. Lo significante y la sorpresa.
Como cabría decir después de leer a Tomás Sánchez Santiago, la poesía real y efectiva son los versos del que desordena. Y es que el poeta “tiene algo de inocente y algo de revoltoso”. En el caso del premiado, a sus setenta y cinco años de edad, están presentes las dos características, en claro, por ejemplo, con su retorno a la poesía -que equivale tanto como decir a la vida-, provocado por el nacimiento de Cecilia, su nieta.
“En esta sociedad, cuando nos cansamos de ver la casa, hay que cambiar la mirada, no la casa”, y sigo con Sánchez Santiago. Reflexión conmovedora. De acuerdo con ella, las pupilas de Gamoneda serían un trávelin estático, una constante y nítida transposición. Esta traducción de la fidelidad contiene buena parte de la dimensión social del libro y, claro, de la responsabilidad adquirida por el escribano que se mancha no fruto de borrones, sino porque busca lo peculiar en la mirada. Esta vuelta de tuerca no habría de ser óbice para que la palabra se mantuviera viva en la exactitud, en la precisión: la casa es la misma por cada una de sus cuatro paredes; por supuesto, puede haber casas de tres paredes, de dos y de una; se pueden pisar los espejismos, trazar triángulos de cinco lados y ser protagonista de enamoramientos cuánticos. Pero no lo pregonen: los locos están demasiado cuerdos para tomar en serio el rigor.
El que escribe se mancha. Aunque las plumas ya no se mojen en tintero, aunque se use el teclado de un ordenador. Los callos que asoman las yemas encima de caracteres formando palabras sin asomo de simulación en las cualidades o sentimientos expresados llevan consigo la búsqueda de lo verdadero. La huella dactilar contiene más información de la que creen conocer los servicios de Inteligencia. Y en esta misión discursiva es imposible desligar el componente ético. La escritura es ética. Por qué motivo se podría acometer -aun a palos de ciego-, sino por ambicionar con el mazo dando otro orden de las cosas: distinto al que nos obliga a amotinarnos en angostos escondites de belleza; salido del caballete de un pintor de la medida y la proporción.
Gamoneda trabaja la realidad en sus libros y la muestra desnuda. Gamoneda, infractor como Bonald, se despierta por las mañanas “envuelto en coágulos de sombra” y algunas tardes confiesa: “Me sorprendo / lejos de mí, llorando”. Dando por sentado que la propia realidad es representación, ¿hasta dónde llegarán los dominios de la palabra? -su poética ofrece algunas pistas al respecto-. Sabemos que infrautilizar la comunicación nos reduce como especie. Pero, hartos de trabajar, arrinconamos el tiempo libre en el programa televisivo más estulto. Nos vaciamos tanto que miramos los anuncios como obritas de arte. Y algunos se acercan, pero únicamente son manifestación sin pancarta de la vacuidad, de la manipulación.
Para creer en el alma no es necesario ser religioso, algo así escuché decir a Pombo. De hecho el alma se nutre básicamente de poesía. La poesía condensa lo significante igual que Gamoneda condensa las posibilidades significantes de la poesía. Con rugiente facilidad. Esto se produce gracias a que trabaja con palabras, no con palabrería. Poca cosa habrá tan ideológica, en sentido estricto, precisamente, como la palabra -¿verdad, Julio Casares?-. Las imágenes de Gamoneda están hechas de acto de entendimiento, de idea revelada. “Qué valdría sin pisadas humanas / esta pobreza que hace crujir la luz”. En él se hallan la palabra pura y el verbo ataviado; el término justo –Holan- y el que sorprende –Arcadio Pardo-. Poeta social –capaz de firmar un manifiesto por un cambio de gobierno a la izquierda en las últimas elecciones- sabedor de que el lenguaje no es materia baladí. Es más frágil que el contenido envuelto en plástico de burbujas. “La poesía resultaría superflua si se atuviese al lenguaje coloquial o mediático, es decir, si se manifestase de manera normalizada, en lenguaje convencional y unívoco”.
Hace menos de diez años él descreía de que hubiera malos tiempos para el poema. Ahora se pone en duda -o ello deduzco-. En cualquier caso, uno de sus ejes fundamentales se mantiene en la poesía como arte de la memoria, como “conciencia de pérdida, de lo que no está o de lo que no es, del progresivo acercamiento a la muerte”. Por esto sentencia que la poesía existe, “porque sabemos que vamos a morir”. Esta “noticia mortal y fundamentada en sufrimiento”, sin embargo, “tiene su causa y finalidad en la creación de placer”. “Dentro del proceso de creación poética no conozco mi pensamiento mientras no me lo dicen mis propias palabras. La aparición del pensamiento poético se produce a partir de una disolución de la normativa común del pensar”.
En razonamientos así cobra primacía la estructuración de las facultades síquicas. La poesía es vida y memoria. El referente del verso por nacer está en el pasado porque, siendo la poesía vida y realidad, sin ayer no cabe existencia. Esta verdad, un tanto tautológica, atañe al ser humano referida al conocimiento. Ahora bien, en su magnífico Arden las pérdidas llega a sostener que la memoria es mortal, por lo que habría que preguntarle si la poesía alguna vez fallece. Lo mismo entra Virgilo por la puerta y nos advierte de los peligros del cambio climático mejor que Al Gore en su película documental. No me cabe ninguna duda: el calentamiento de la Tierra podría derretir los últimos adjetivos a salvo en las bibliotecas de Alejandría. En ese momento a nosotros nos quedarían dos anuncios de televisión como especie.
Frente a la depauperada realidad, que a menudo decepciona, la poesía de Gamoneda son pensamientos cárdenos, anocheceres luminosos, inventarios a gatas por desfiladeros borrascosos de luz. Su criterio y su palabra responden a la consciencia de la desaparición, a la experiencia de la vida vivida –incluida, suponemos, la soñada-. Gamoneda es a la poesía –y la poesía es a Gamoneda- lo que la tilde a las palabras agudas terminadas en ene, en ese o en vocal. Necesidades irremplazables.
El mejor homenaje al leonés tal vez pueda consistir en terminar citando su biología literaria, la esencia de su propia concepción lírica: “La poesía no es literatura. La literatura es una creación humana grandiosa, pero es ficción y la poesía es realidad. La literatura narra, describe, explica o representa y todo ello lo hace dentro de la ficción. La poesía no es ficción sino parte de la vida, con independencia del género con que se manifieste. La poesía es una realidad y una conducta y no necesariamente una representación, un ornamento o una actividad informativa”. ¿Cuándo habrá sido la última vez en que escuchó a un bluesman aullar, tocar desde el plato de su tocadiscos? ¿Mientras leía noticias autonómicas? ¿Nuestros parlamentarios castellanos viejos qué pentatónica sabrán?