2 de febrero de 09
“… Estos razonadores tan vulgares, incapaces de elevarse hasta la lógica del Absurdo”. Aparte de este verso de Baudelaire, Aute me ha enseñado muchas otras cosas sólo discernibles desde el disfrute de la inteligencia. Por eso, aprendido yo, te quiero obscena y elegante. Surrealista y proporcionada. Capaz de pintar todos los sueños. “Con moño para deshacértelo”. Como una virgen vestida. Consciente de que el sentido del amor nace de la idea de la muerte, como todo.
“Los desnudos de Romero de Torres no son desnudos, son desvestidos”. San Aute. No por otra cosa, amor, te prefiero desvestida. Esto es, vestida para desvestirte y ya veremos si del todo.
Brizna de pintura
Brizna de matemáticas
32 de enero de 09
‘Números pares, impares e idiotas’ es el título de una novela que Juan José Millás escribió junto a Forges. Los números son extranjeros por egipcios y las fechas, guarismos domesticados. ¿Por qué los meses han de tener -un máximo de- 31 días? Hoy he escapado de los husos y las rotaciones. Hoy es 32 de enero, algo a lo que la mayoría llama 1 de febrero.
Brizna de limpieza
31 de enero de 09
“Los 'paraísos fiscales' son el principal instrumento para lavar las prácticas fraudulentas del actual capitalismo”. José Vidal-Beneyto.
Cuando, hace unas semanas, El País retiró su columna de Internacional asestaba otro golpe a su cada vez más extinta línea editorial clásica. De ello se aprovecha Público. Qué fácil es perder un lector incondicional y qué difícil ganarlo.
Como todo, qué fácil perder lo que se tiene y qué difícil conquistar ocho miles. No digamos nueve miles.
En todo caso, yendo a los ‘paraísos fiscales’, que uno sepa, tan sólo Izquierda Unida recoge en programa electoral su abolición.
Brizna de justicia
30 de enero de 09
“Erdogan se marcha de Davos tras una discusión con Peres sobre la invasión de la franja de Gaza. El primer ministro turco se ausentó de la cumbre indignado por la intervención del presidente de Israel, quien, a gritos, acusó a Hamás de las muertes de los 1.300 civiles palestinos”. Público.
Ya era hora de que alguien diera ejemplo ante tanto hijo de puta. La diplomacia termina donde empieza la injusticia fla-gran-te.
Por eso, también me alegra que el juez Fernando Andreu haya admitido a trámite una denuncia contra, entre otros acusados, el ex titular de Defensa israelí Benjamín Ben Eliezer –hoy, ministro de Infraestructuras-. A resultas de lo cual, la Audiencia Nacional investigará la muerte de catorce civiles durante un atentado contra el líder de Hamás Salah Shehadeh en Gaza en 2002. Ha sido empezar a trabajar el ‘lobby’ judío y el zapaterismo centrista bajarse los pantalones. Por un lado se escuda en la división de poderes pero, por otro, demuestra lo contrario al entorpecer al Poder Judicial, anunciando un cambio en la legislación que impedirá la jurisdicción universal necesaria para investigar delitos fuera de nuestras fronteras.
Brizna de incertidumbre
29 de enero de 09
“La historia de un hombre la escriben las mujeres a las que amó”, dice Loquillo cuando presenta ‘Cadillac solitario’. Piénsalo antes de enamorarte…
Exige, al menos, pues, que sepa juntar letras, palabras, oraciones, significados. Y, si al escribir, además es capaz de juntar erotismo y religión, compromiso, un vestido de tirantes, poesía y la lucidez de las estrellas, no lo dudes: es la correcta.
No hay destino mejor que el que muere en las alturas. Tantas tanto que tantas nada. El amor es una incertidumbre riesgosa que no cualquiera está dispuesto a asumir.
Un tranvía llamado Teseo
3 de agosto de 08
Valladolid, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hace la digestión del cocido y de la olla podrida y descansa oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro.
No hay nada más moderno que lo clásico. Por eso Delibes. Pero nunca estuvimos más en vanguardia que en siglos pretéritos. Cuando Vetusta habríamos tenido tranvía. El hoy, caciquil, hace ascos del ayer y se refugia disfrazado de futuro bajo el más antihistórico de los presentes. Las personas tenemos nostalgia de lo que no fuimos o pudiéramos llegar a ser. La ciudad quiere cirugía cuando se mira en el espejo ombliguero de su transporte urbano cojitranco. Y los ciudadanos se merecen lo que votan.
Podemos tener museos caros de arte moderno donde contemplar los cuerpos de ventaja que nos saca el caballo del futuro y museos de la ciencia donde cuestionar la planicie de la Tierra, que todavía hay creacionistas. Somos sanchos, sí, mucho sentido común –quizá demasiado…- pero segamos al Quijote la hierba bajo sus tacones. Nos faltan conciencia, ciudadanía y europeidad… porque nos falta Polis. Tuvimos palacios florentinos y, en un meter y sacar, se volatilizaron a golpe de excavadora. En la actualidad pagamos las consecuencias despóticas del urbanismo sin rostro humano y las acendramos con un chorrito de falta de exigencia. Los electores acabamos creyendo que las papeletas electorales votan la única democracia posible, cuando lo que hacemos es decidir modelos sociales: olvidamos nuestra responsabilidad en la –poca- calidad democrática que nos rodea. Delegamos en exceso, nos distanciamos de los representantes y luego, ¡encima!, les ponemos mala cara.
Mientras las demás autonomías tienen presidentes y parlamentos, la nuestra, borbonía. Así justificamos las Cortes. Nuestros consejeros del bosque estaban más en su papel metidos en el castillo llano de Fuensaldaña, por medievales, que en un auditorio. Pero querían jugar a calatravas de la política. Por ver si dan la nota. El burro sopló. Ya he hablado en varias tribunas de esa flauta mágica tan poco mozartiana.
Nos movemos en los trescientos y pico mil. Como Córdoba, como Bilbao. Ciudades que podrían pasar por semejantes a vista de avión. Pero nos diferencia mucho se mire por donde se mire. Y no sólo porque allí llegan Rolling Stones, Bruce Springsteen y la crema y, aquí, ni el gato, a pesar de las promesas tocacojones -“Vendrán artistas de talla internacional”-.
Estuvimos cerca del transporte fluvial, lo prometió la chica ésa que se va ahora a Madrid y de la que me pregunto si, al margen de lo de los barcos de vapor, tiene ideología, teoría política, vamos. Pero no hubiera estado mal un barquichuelo. Sin embargo, el castellano recio, otrora regio, prefiere la frase corta de Azorín a la poesía de vanguardia. ¡Para tener una línea de metro o de tranvía que cruce la ciudad no hace falta contar con la población de Nueva York! Que, lejos de congestionar el tráfico, lo alivia. Que lo entendemos al revés... Coimbra la Bella, mucho más pequeña, tiene vagones atusando el suelo. Y en Centroeuropa los raíles son setas que crecen en derredor. Y es que la cantidad, aquí, no afecta sobre la calidad. La estética, el bordado, ¿por qué no? La pregunta, obviamente, es retórica. El tranvía engloba, más allá de lo práctico, una cultura de urbanidad. ¡Si hasta el Madrid gallardonil lo tiene disfrazado de ‘metro ligero’! ¿Y Bilbao?, donde habitan dos flotas de autobuses, metro y tranvía. Y Valencia y Alicante y Barcelona y Málaga y Sevilla y Tenerife y Murcia y Parla y Vitoria. En Pucela seguramente no lo quiera nuestro insigne alcaldote conservadororcio porque tenemos población suficiente o porque precisa de escasa electricidad o porque su montaje es barato o porque racionaliza el uso de las calles ocupando menos proporción de vía que el autobús o, simplemente, porque es ecológico.
No disponemos, más allá de la hormigonera, de un urbanismo donde lastrar los huesos tumbados de nuestra supervivencia. Teseo gustaba de pasear ciudades laberínticas y Valladolid, hasta cierto punto, lo es, porque no hay satélite que recoja de caída su trazado. Y dice la leyenda que su mapa se enseña en las facultades arquitectónicas como anticiudad. Con todo reconozco que es cómoda, la tía, y la amo. A pesar de que el rey de Atenas no pueda escapar en trenes -una cosa que suena como muy griega, ¿no?-.
En Castilla hacemos tabla rasa. Nos gusta quemar la tierra con conceptos gruesos. Si Valladolid tuviera un millón de habitantes, tampoco dispondríamos de trenecito. Valladolid no echa pelillos a la mar sino canas al Pisuerga. Que, por más que nos empeñemos en pestilentes playas rociadas de desodorante, no es lo mismo.
Somos especiales. A uno, que vive en el exilio, le llegan ecos de empresas que se quieren establecer y a las que se ponen peros, aunque, en algún caso fueran casi promesa electoral. Si hubiera posibilidad de establecer una central nuclear no dudo yo que, juntas, diputados, consejeras y regidorías se pondrían de acuerdo. Para ellos eso debe de ser algo así como el futuro a pesar de que sólo aporta el 3% de la energía que se consume y en Estados Unidos haga cuarenta años que no se levanten. Y lo mismo, a tal efecto, modificaban el páramo gris en que ha quedado la plaza Zorrilla para situar tal que allí un reactor. A mí me gustaría llenar de contenido la belleza delicada. Pero somos cohorte, más que corte. Y eso se paga.
Recuerdo un día de Inocentes, corría el año noventa y seis. Este diario informó de que ‘la fiera’ -el apodo es mío- se había jugado el vello impúdico -o sea, la barba- al mus y lo había perdido. Ilustraba la ‘noticia` una foto lampiña y tonsurada del alcalde. Y, oigan, parecía alguien normal. Anodino, incluso. Un ser triste y pensativo. Sabe mejor que nadie que su pelambrera le adorna como al miope las gafas de diseño. Le da aspecto de papa Inocencio Diez. Si no fuera rala, se la afilaría más y el efecto sería total. Cada mañana, antes de anudarse la corbata se la repeina: en ella radica parte de su fuerza argumental.
Justifica la mitología que Teseo tuviera un florete; De nada le valdría ante el bastón de mando de De la Riva, amigo de las bestias. El tranvía será un as de espadas, pero las armas blancas nunca triunfaron sobre las de la clase dominante, que las poseen de fuego… o de destrucción masiva. Si Valladolid estuviera en la costa, el regidor no habría de ir fuera a tostar su moreno. Y si el Gobierno comprara suelo costero, le llamarían con veneno intervencionista. Pero nuestros desagües no dan al mar sino al Pisuerga imposible de drenar. Si lo vaciáramos veríamos en el fondo, lastrados, los cadáveres del progreso neo-neoliberal: un subsidio; unos abetos secos; un ladrillo de escuela pública; un bisturí sin usar; escenarios pavisosos, plateas afeitadas; una ventana del Pradera; pavos reales degollados; discos de coplas de ciegos que ven; listas blancas, negras, sobre todo; los trazados ideales de la ciudad; raíles de tranvía; bicicletas de Ámsterdam; pintura verde de carril bici; principios de prevención; contratos rotos por problemas de ego; la foto sin barba del alcalde, otra del presi con peluca cartel electoral; los récord Guiness que no conseguimos abrazándonos ni besándonos porque no es lo nuestro; los sabotajes para que la alta velocidad no aterrizase a tiempo; Celtas Cortos; caras largas; manifestantes aplastados; antenas de telefonía móvil; ladrillos del García Quintana; diccionarios mitológicos; los primeros artículos de Umbral; la obra completa de Delibes y la campana de coro.
Los trenes son medios de transporte eficaces como hilos de Ariadna: sus pasajeros no acusan retrasos, saltan a la comba las retenciones, su trayecto viene a durar menos y no precisa de gepeése, éste, aquél. Por ciudad, es lo más parecido a una bicicleta. Y, ante todo, posee la elegancia noble del pasado. Porque hay pasado que es. Por ejemplo, en el cerro San Cristóbal...
Digámoslo fuera de campaña electoral: una buena parte de vallisoletanos llamamos deseo al tranvía. Así, con minúscula y valor casi adjetival. Que nos jodan. Será Teseo. En una reunión subversiva hubo quien exclamó: “¡Estoy hasta los cojones de nosotros mismos!”. Lo recoge Aute en uno de sus libros de aforismos. Con todo, Valladolid, te quiero a pesar de tus gobernantes. Después de aprender a convivir con ellos, sobrevivo sin su sombra.
Una calle para Tomás
febrero de 08
Por mucho que el señor regidor quiera imponer –e impone- su obra y gracia, el perfil de la ciudad es el mismo desde el aire; el Pisuerga sigue en su sitio, tan sucio como siempre y; el callejero no expulsa ningún nombre propio. Pero lo va a hacer. Mejor dicho: va a expulsar algún nombre impropio. A no tardar, habrá que tirar por la cadena del váter el nomenclátor fascistoide del pasado yugoflechero que anida en algunas de sus placas. Y aquí es donde quiero yo meter una cuña: necesitamos una calle Tomás Hoyas.
Si la pila bautismal la llena el Instituto Nacional de Estadística, que entrega un censo con las calles, plazas y demás garambainas urbanas construidas en el último año, después, es el Ayuntamiento el que dispone. Y debería empezar a disponer en el terreno de los vivos. Nuestra institución ha de adelantarse y prever no ya las calles nuevas, sino las por remozar, que, además podría decirse que son, estratégicamente, importantes. Hay una bien céntrica que le vendría al dedo a nuestro protagonista: Primo de Rivera. Ahí, detrás de la plaza Mayor, al lado de Poniente, respirando el olor de las rosas que son en la ribera del río
Y es que uno considera que Valladolid debería cuidar a los columnistas que la glosan. Madrid, con su ademán de ombligo, no presta ojos más allá del Manzanares. O de la sierra. Y no se entera más que de lo que pasa a pie de su cielo. Pero cuida a los suyos: bautiza el mapa con apellidos rubricados en el mejor periodismo político-literario: Campmany, Haro-Tecglen y así. Gentes que escribían con los ojos cerrados y la mano abierta; gentes que, a su manera impresa, representan también la geografía en la que se levantan, viven, duermen y beben. Porque, ¿qué más puede pedir un municipio que un comentarista brillante de su actualidad?
Lo malo es, para algunos reconocimientos, tener que estirar la pata. Por eso en Rivas-Vaciamadrid, ese experimento rojiverde, esa Córdoba castiza, se han puesto las pilas y sus vecinos pueden pasear, sólo por la efe, por las calles: Francisco Brines, Fernán Gómez, Francisco Ayala, Fernando Trueba. Y luego, Juan José Millás, Vázquez Montalbán, Caballero Bonald, Josefina Aldecoa, Nuria Espert, Pilar Bardem, etcétera.
En Valladolid no hay para hacer un barrio así. Somos contenidos en nuestras expresiones culturales. Y las fuerzas centrípetas llevan a todos a ser de la capital, que, a la postre, es la que reconoce. Pero los vallisoletanos lectores tenemos en Hoyas al cuidadoso guardián del lenguaje clásico y, al mismo tiempo, al mejor hacedor de neologismos, toma ya. Tenemos el castellano de Castilla, ¡el castellano de Valladolid! ¿Y no le vamos a usar en beneficio propio para nombrar, aunque sea, un callejón del Gato? Pensemos, en justicia, repito, cómo llamar a esas calles vejestorio que, según ley, próximamente tendrán revestimiento democrático. Calles… o puentes: ¿imaginan el de la División Azul, llamándose puente Tomás Hoyas? Ea. O, si por mí fuera, echaba todo el alcohol y todas las cerillas del mundo en Platerías, siempre desbaratada, y se la adjudicaba bajo mano para que impusiera orden.
Pero como somos unos cutres ni siquiera hay una iniciativa editorial que antologue los artículos por los que tiene merecido el prestigio delibesiano que le emparenta con Carreter, Marías o Millás. Su artificio verbal acorta el espacio entre palabra y pensamiento como se dice que hace la poesía. Porque él, además de locutor, claro, es poeta. Como Umbral.
Dice Hoyas, doblador de Lee Marvin, ilustrísima columnista, escritorazo, que es difícil narrar sobre Región. Lo dice en su lenguaje de jaspe, de prosa silícea, respondiendo entrevistas por la cosa del Premio Delibes. Pero, ¿cómo no va a ser difícil hablar de una autonomía en la que el mismo presidente parece el concursante de un programa de telerrealidad que busca pasar inadvertido para que la audiencia no lo expulse? Mira, lo que tendrías que hacer es hablarnos más de ti, menos de la obligada actualidad y empezar a escribir un diario con guantes, una autoficción o lo que sea.