febrero de 08
Por mucho que el señor regidor quiera imponer –e impone- su obra y gracia, el perfil de la ciudad es el mismo desde el aire; el Pisuerga sigue en su sitio, tan sucio como siempre y; el callejero no expulsa ningún nombre propio. Pero lo va a hacer. Mejor dicho: va a expulsar algún nombre impropio. A no tardar, habrá que tirar por la cadena del váter el nomenclátor fascistoide del pasado yugoflechero que anida en algunas de sus placas. Y aquí es donde quiero yo meter una cuña: necesitamos una calle Tomás Hoyas.
Si la pila bautismal la llena el Instituto Nacional de Estadística, que entrega un censo con las calles, plazas y demás garambainas urbanas construidas en el último año, después, es el Ayuntamiento el que dispone. Y debería empezar a disponer en el terreno de los vivos. Nuestra institución ha de adelantarse y prever no ya las calles nuevas, sino las por remozar, que, además podría decirse que son, estratégicamente, importantes. Hay una bien céntrica que le vendría al dedo a nuestro protagonista: Primo de Rivera. Ahí, detrás de la plaza Mayor, al lado de Poniente, respirando el olor de las rosas que son en la ribera del río
Y es que uno considera que Valladolid debería cuidar a los columnistas que la glosan. Madrid, con su ademán de ombligo, no presta ojos más allá del Manzanares. O de la sierra. Y no se entera más que de lo que pasa a pie de su cielo. Pero cuida a los suyos: bautiza el mapa con apellidos rubricados en el mejor periodismo político-literario: Campmany, Haro-Tecglen y así. Gentes que escribían con los ojos cerrados y la mano abierta; gentes que, a su manera impresa, representan también la geografía en la que se levantan, viven, duermen y beben. Porque, ¿qué más puede pedir un municipio que un comentarista brillante de su actualidad?
Lo malo es, para algunos reconocimientos, tener que estirar la pata. Por eso en Rivas-Vaciamadrid, ese experimento rojiverde, esa Córdoba castiza, se han puesto las pilas y sus vecinos pueden pasear, sólo por la efe, por las calles: Francisco Brines, Fernán Gómez, Francisco Ayala, Fernando Trueba. Y luego, Juan José Millás, Vázquez Montalbán, Caballero Bonald, Josefina Aldecoa, Nuria Espert, Pilar Bardem, etcétera.
En Valladolid no hay para hacer un barrio así. Somos contenidos en nuestras expresiones culturales. Y las fuerzas centrípetas llevan a todos a ser de la capital, que, a la postre, es la que reconoce. Pero los vallisoletanos lectores tenemos en Hoyas al cuidadoso guardián del lenguaje clásico y, al mismo tiempo, al mejor hacedor de neologismos, toma ya. Tenemos el castellano de Castilla, ¡el castellano de Valladolid! ¿Y no le vamos a usar en beneficio propio para nombrar, aunque sea, un callejón del Gato? Pensemos, en justicia, repito, cómo llamar a esas calles vejestorio que, según ley, próximamente tendrán revestimiento democrático. Calles… o puentes: ¿imaginan el de la División Azul, llamándose puente Tomás Hoyas? Ea. O, si por mí fuera, echaba todo el alcohol y todas las cerillas del mundo en Platerías, siempre desbaratada, y se la adjudicaba bajo mano para que impusiera orden.
Pero como somos unos cutres ni siquiera hay una iniciativa editorial que antologue los artículos por los que tiene merecido el prestigio delibesiano que le emparenta con Carreter, Marías o Millás. Su artificio verbal acorta el espacio entre palabra y pensamiento como se dice que hace la poesía. Porque él, además de locutor, claro, es poeta. Como Umbral.
Dice Hoyas, doblador de Lee Marvin, ilustrísima columnista, escritorazo, que es difícil narrar sobre Región. Lo dice en su lenguaje de jaspe, de prosa silícea, respondiendo entrevistas por la cosa del Premio Delibes. Pero, ¿cómo no va a ser difícil hablar de una autonomía en la que el mismo presidente parece el concursante de un programa de telerrealidad que busca pasar inadvertido para que la audiencia no lo expulse? Mira, lo que tendrías que hacer es hablarnos más de ti, menos de la obligada actualidad y empezar a escribir un diario con guantes, una autoficción o lo que sea.
Una calle para Tomás
Donde la carpa no es pez
mayo de 08
Introito: Flaubert defiende que es mejor conocer a fondo cinco obras maestras que superficialmente miles de libros. Frente a esta verdad sitúo el aforismo estupendo y letal de Juan Ramón Hiperproductivo Jiménez: mucho y bueno. Tal vez hagan falta algunos ajustes, más presencia -superlativa- internacional, pero esta cuadragésimo primera feria ha sido juanramoniana: Aridjis, Gamoneda, De Melo, Aute, Tundidor, Esperanza Ortega, Tomeo, Borau, Hoyas más los autores a continuación capitulados. Pero, como la vida moderna no parece estar para muchas glorias y las limitaciones humanas son más que evidentes, así me fue, en cuatro apartados, la cuadragésimo primera edición de la feria.
Capítulo I: Albert Boadella (1943). “La obsesión por los níscalos es un rasgo diferencial del catalán”. Alberto –mejor que Albert- pasó por la feria para hablar de sus cosas. Crecí con su Orden Especial en las medianoches de La2. 1991 o así. Y nunca me he carcajeado tanto en un teatro como con ‘Ubú President’. ¿Queda clara mi adscripción? Ahora sacudamos el polvo.
De entrada explicó que el agua le produce ardor de estómago. Debido, claro está, a que llovía. Si hubiera hecho sol, otra gallina habría cantado. Concibe las Comunidades Autónomas como tribus. Llegó con las plumas y de tribus habló. Su discurso sobrevive en la idea periférica –en parte, real- de España como enemigo. Trasiega un proceso de desamor hacia una Cataluña “esquizofrénica”. Y la locura política y de los medios ha pasado a los habitantes. Cataluña, en fin, debe de ser un manicomio con costa. Seiscientos kilómetros de franja marina y una población ‘legal’ de siete millones y pico de pirados. Criticó, con razón, que el nacionalismo es una política de los sentimientos, pero incurrió en lo mismo: apelar a la cosa cojonuda: a los instintos. A fuer de payaso, el hombre, no puede sino exagerar. Dice que le insultan en los diarios condales. Pero calla que las cosas a las que se refiere salen separadas de la información. Él, que defiende la libertad de expresión, sabe a lo que me refiero. Resulta que le llaman ‘hijo de puta’. Pero no como cuenta, sino en catalán y en una plaza de toros. Luego, sí, la anécdota salió comentada en una columna. Su alocución estuvo plagada de medias mentiras. Se siente solo pero combate el silencio con el eco en el resto del país. “Vivo autoexiliado”. No deja claro si no actúa en ‘su’ tribu porque no le llaman o porque saca más rédito no haciéndolo: hay fracasos que te aúpan. Es un exiliado –autoexiliado- que vive muy bien. Y, aunque llegó con un premio de ensayo bajo el sobaco, se mueve mejor en el pensamiento circense que en la cuerda floja de la reflexión profunda. Ser “traidor nacional” en Cataluña le da público en el resto del Estado. Y le sale a cuenta. Gana dinero… y federiquillos. Se trata de llenar la platea. Dice Julio Anguita que, para resultar convincente, es necesaria la autoridad moral que desemboca en el respeto. Sin resultarme en absoluto convincente, Boadella se me hace respetar histriónicamente. Lo más grande es que, sin parecerme axiomático, lo que hay detrás de sus fuegos artificiales simula serlo. Si a una exageración le quitamos el exceso de helio nos acercaremos más fácilmente a la verdad.
Y no es sociólogo a pesar de que hayan condecorado su pechera con un famoso premio de ensayo. El discurso de Boadella está lleno de saltos ontológicos y chascarrillo doméstico. Se lo puede permitir y se lo exigimos. Pero, cuando este anarquista de salón se puso a hablar de poesía, desbarró del todo. También ideó la cuadratura del cuadrado a través de frases como la siguiente: “Lo fantástico es lo más imaginativo”. ¡Magnífico! Además, se deslizó por el razonamiento con acné: “La realidad no es lo que se ve a primera vista”. De todos modos, rascando, en esa afirmación podría hallarse la razón de su escepticismo. O de su relativismo moral, peligrosa doctrina ‘neocon’. ¿He dicho doctrina? No, por favor: digamos, creencia. ¿Creencia?: no… ¡libertad! Eso, ¡el relativismo es una facultad del alma en las mentes de los neoliberales! La realidad aparente es falsa… empezando por la piel de plátano del pensamiento único. Engordó cinco quilos cuando, al final, recibió aplausos. Maneja las masas. Un poco milnovecientosochentaycuatroísta para alguien tan libre. Pero bueno.
Capítulo II: Francisco Umbral (1935-2007). “Era la hora feliz y perezosa del paseo por Santiago, con una primavera previa en la calle, como un marzo dormido, lento y lleno de vida en las copas del cielo”. El Luis XIV de las letras reinó en el periodismo literario y en la prosa más abrasadora del veinte. Pisó fortísimo con botines rojos de piqué. Maestrísimo delante de quien me quito el sombrero y el cráneo. La forma como rasgo esencial. El argumento me parece prescindible de cuidados. El contenido lo doy por supuesto como en el soldado la valentía, pues en todo acto de comunicación debe haber un mensaje que una a emisor y receptor. Pero, igual que Gamoneda deslinda el lenguaje poético del periodístico -y, por extensión, cualquier lenguaje informativo-, del de la comunicación -y en ésta, la columna y la denuncia-, yo deslindaría el lenguaje literario de cualquier otro. Luego, discutiríamos subdivisiones. Sabiendo que ‘activistas’ de la sencillez como Marsé o García Montero cumplen su cometido de manera soberbia y producen alta literatura. Umbral, entre la mejor escritura en español de las enciclopedias, floreció para siempre gracias a un intelecto y una prosa poética características de galaxia lejana.
Este aristócrata proletario del verbo difícil amaneció a la literatura desnudo de remiendo. Vio la marmita y, en vez de caer en ella como Obelix, se tiró de cabeza. Se comió todas las letras y no se indigestó. Su pluma era una fusta que ponía firme –o doblada, según quisiera- la sintaxis. Sodomizó la vulgaridad oprimiendo con justicia la certitud de los tiempos. Académico sin academia. Alusivo genial. Protagonista brillante de su propia reflexión, hizo del yo un superyó sin connotaciones. Luis XIV. “Inventó el idioma, utilizó el castellano como un torrente, continuó la tradición del 98 y del 27. Tenía una prosa tan deslumbrante como la de Valle Inclán y la capacidad de invención de Gómez de la Serna” -Raúl del Pozo-; “Para él, escribir era una manera de no estar en el mundo, de prolongar su infancia. Escribió más de 20.000 artículos y practicó todos los géneros. Nadie se le puede comparar” -García Posada-.
Capítulo III: música y poesía. Eugenio Trías, Enrique Gavilán y José Luis Téllez depararon la mejor mesa. De los pocos autores que sitúan la música en objeto de reflexión. La poesía, en origen, es música. Lo había recalcado días antes Jesús Hilario Tundidor. “La música es un lamento por la fugacidad del tiempo” –Gavilán-. Contra los existencialistas, Trías se puso platónico: “Todos hemos vivido dos vidas: la primera, en estado protológico”, para pasar a recordar que la música “está presente antes del nacimiento, en el estadio de preexistencia”. Téllez contrastó el primer cuarteto de un soneto de Garcilaso con el arranque de una pieza de Schubert. Fue, silencio a silencio, acento a acento, rima a rima, estableciendo las comparaciones pertinentes. Resumiendo: el poema depende de las propiedades musicales del texto y “la estructura sintáctica de música y palabra, coinciden”.
Capítulo IV: futuro. Cuando el alcalde lee el discurso que le preparan y cita el orgullo que supone para él la feria, habría que solicitarle mayor atención económica. Aunque, la verdad, gafe él, mejor que la deje, virgencita, como está. ¡Que siga siendo castellano y leonesa! ¡Menudo calzonazo el gobierno regional!, dejarse chulear. El alcalde vallisoletano es un caballo de Atila que arruina cuanto galopa: bailes, danzas, sanbenitos, semincis, teatrosdecalle, subvencioneseuropeas. En su cortijo no quieren actuar los Rolling Stones.
La cultura tiene precio. El orden artístico-cultural, a pesar de ser –o, precisamente por ello- causa motriz de nuestro eticismo, nuestra percepción, nuestro desenvolvimiento social, educacional y de desarrollo, no suele ser rentable en término material. Y, claro, la derecha anti subvención, que transforma las elecciones en desfile militar, no pone la pasta. Con esa ideología, la cultura se va a la mierda. Mal está querer que le paguen a uno el soterramiento, sin más, las empresas, pero pensar que hay rockefelleres para sufragar la cosa del libro es ya de lunáticos. Es tan contumaz que no seguirá los pasos en retirada de otros compañeros de aznarato. Por su parte, Diego Valverde Villena, poeta culto y exquisito, capea el temporal. Mantiene el nivel. Cuando García Simón se fue, mostré mi escepticismo en estas mismas páginas. Ahora reconozco que Valverde Villena llegó en buena hora. Estoy frente a los que critican destructivamente la feria. Con los mimbres que hay, él hace finuras.
En otro orden, y para poner fin, manifiesto mi acuerdo con unas palabras que escuché a Paco Alcántara: esto parecen unas jornadas literarias, unos cursos. Al margen de las conferencias sería preciso atraer la atención de editoriales y librerías, también, foráneas: llenar las casetas del paseo Central de oferta interesante. Libros que no sean los de siempre, de los que no estudian escaparatismo el resto del año. Lo suyo sería poder dejarnos sorprender, en definitiva, por la presencia real del libro en la que dice ser su feria.
La suerte
-marzo de 08-
Hipócrates no está de moda porque despreciamos la vida yendo a las rebajas. Los ministerios de economía se privatizan con políticas de cheque regalo y mi voto no vale lo mismo que el tuyo. El método hipocrático duerme en los libros de texto y el conocimiento queda para decorar el interior de los contenedores.
El arte viene de serie en Ikea, todos comemos en la misma cocina y leer poesía es una ¡extra! vagancia, un dormir en pajas. Yo mismo ignoro qué tiempo gano, y no pierdo, en estas líneas contaminantes y prescindibles. Dragó se pregunta en su último libro, a partir de la Triple Ley de Lem, para quién escribimos, a qué surcos de tierras áridas arrojamos nuestras semillas. “¿Tiene algún sentido seguir publicando?”. ¿Y pintando? ¿Y haciendo música? Por extensión, ¿tendrá sentido leer, acudir a exposiciones, conciertos, comprar discos? La cultura, todo lo más, se consume a regañadientes como un producto caducado.
La Asociación Cultural Bocallave propone escribir con óleo miradas de cine; pinchar claves mal temperados si hace falta y escribir con rotuladores de color versos casuales. Ignoro si José Luis Romero, aglutinador de la cosa, posee alguna respuesta –seguro, preguntas-. Pero se empeña en vestir las escamas del salmón para que este páramo castellano no lo sea también cultural. Exposiciones, conciertos. De este palo.
El otro día se sacó más de sesenta artistas de la manga y los llevó a pasear al Patio Herreriano. Pinturas -algunas, esculturales- para que cuatro jugadores Dostoiesky hicieran más de lo que pueden. Cuatro jugadores-poeta. Poetas: ¡qué prehistoricismo! Gentes, al fin, que se jugaran la inspiración a la ruleta del azar que todo lo acompaña. La cuestión era poner los sentimientos sobre el césped del museo como si fueran cartas testiculares boca arriba: los artistas, se sabe, viven siempre por encima de sus posibilidades –terrenales-. Doy fe de que se disputó un Juego de la Boca sin patadas en las espinillas y con surrealismo floreciente. Paco Alcántara hizo una conexión en directo desde la radio pública y, por la tarde, el eco de las bocas salía en diarios digitales de alcance nacional -‘Público’-. Debió de ser importante, pues.
Hipócrates no está de moda. Pero brotó su entendimiento vitral de la supervivencia en forma de casillas, repartida en nueve ciclos de siete años por metro cuadrado. Uno se vio arrastrado como los rastrojos ante el torbellino. El sendero prohibido de la creación se abría como las aguas del Jordán. Luis Marigómez representó el infortunio. El laberinto, la posada, el pozo. Diego Valverde Villena se libró del anti doping –habría dado positivo-: en cinco tiradas se cepilló la partida: los hados le proveyeron tiradas exactas. Eva Sanz dio la nota -y el acorde francés- chimpón chimpón. Los nervios se relajaron y un par de cigüeñas –eran, en realidad, ciguñuelas- cruzaron el patio de los Novicios. Los contrarios se dieron cita en representación de la vida. La muerte no era muerte: te obligaba a empezar de nuevo. Después, en la comida, descubrimos el conocimiento nomenclátor y erudito que Valverde Villena tiene del acento circunflejo que la ropa interior posee en París. Llegaron prostitutas que recitaban a Petrarca, se habló en francés y en japonés. El inglés ya no suma puntos: opté por callar.
Una alegoría, una traslación. Cada casilla, un concepto. En vez de gansos: labios, dientes y lenguas. ‘De boca a boca y digo porque me toca’. De la partida dieron cuenta medios de comunicación que se portaron por una vez como fines. El Juego de la Boca es un peldaño más en la escalera de operaciones de la Asociación. Esperemos que nadie corte el césped bajo sus patas de madera, pintura y poesía. Y que los dados nos lleven a bocas dentadas de un azar tan positivo como el del Derecho que cuenta.
Los gatos lo sabrán
Inédito -22 de abril de 07-
En sus ojos cabe el misterio amable de la vida. Tienen el olfato adornado con bigotes. Qué bigotudos, pero, ¡qué bigotes tan largos! ¿Se han fijado? Los gatos no son cualquier cosa: poseen un aire aristocrático que engrandece su pose: mitad de vaca sagrada; mitad de escultura egipcia: tumbados, semi tumbados, incorporados. O a cuatro patas como los perros.
El gato, ese dandi vagabundo, bohemio asistente a fiestas vip, que bufa, bienhablado la mayoría de las veces. Educado, un tanto altivo. Fino y limpio como pocos, se reboza en la hierba y por el suelo.
Cuando está sentado sobre las patas traseras, el tobogán de su espalda muere en un rabo epilogar: es como otro bigote sin el cual no podrían pasear los precipicios, los desfiladeros, las barandillas. Los gatos transitan el riesgo como el mejor de los funambulistas. Sin pértiga, sin red. Saben que, en caso de perder el equilibrio –que, para ellos, es más difícil que encontrar la aguja del pajar-, caerán de pie.
Los gatos, también, como cualquier ser racional, tienen opinión y derecho a manifestarla, a disentir dentro del pensamiento único. No aceptan las dos caras de la misma moneda bipartidista. Quieren, sencillamente, otra fábrica de moneda y timbre. Cuando se cuelan en las imprentas ponen todo patas arriba. Como cuando te enseñan el estómago abierto para que se lo acaricies mejor. Luego, te cogen la mano con las patas delanteras y usan las traseras para arrearte zurriagazos en el antebrazo. Imagínense a un animal de éstos recibiendo órdenes sobre lo que tiene que escribir, acallado. Difícil, ¿verdad? Antes su cadáver haría las veces de alfombra amaullada.
Por eso alguna vez los cadáveres gatunos han corrido por parques y ciudades como los de los humanos por el Ganges. Recuerden: entre el Retiro y el botánico, la cosa conservadora –que igual tala flora que asesina fauna- se cargó hace siete años a dos mil gatazos. Tengan cuidado con el veneno aromatizado de su programa electoral, es un consejo. Que huele a Chanel pero resulta letal como el gas sarin.
¿Por qué se matan tantos gatos?, se preguntaba Umbral cuando aquello, cuando las matanzas populares y los ríos de sangre marchitando el crecimiento de las margaritas sin opción al sí y al no. “La política que se lleva con los gatos es la misma que se lleva con las putas o con los inmigrantes. Una política de exterminio que no entiende o no quiere entender que los animales, los balseros, las hetairas, están ahí para algo, por algo, y que han estado siempre, antes que nosotros, del mismo modo que nos sobrevivirán”. Loewe -que no Chanel- la gata de Umbral, escribe los placeres y los días cuando su amo anda malito o, directamente, permanece enfrascado releyendo botines blancos de piqué –piqué con minúscula, no confundir-. Fue precisamente Loewe quien enseñó al premio Cervantes, durante la hora sacerdotal de la lectura, la beneficiosa relación que une a ser humano y animales.
De un poeta a otro: “Seguirán otros días, voces y despertares. / Rostro de primavera, / sufriremos al alba, / los gatos lo sabrán”. Cesare Pavese. El italiano sabía que la lluvia ligera podía caer como un aliento. Pero la impermeabilidad de los chubasqueros democráticos últimamente corre pareja a la de los bañadores conservadores.
¿Volviendo? a la poesía, don Pablo Neruda tuvo que dedicar un capítulo en prosa de su poemario Anillos a la desaparición –o a la muerte- de un gato. Y yo trato de buscar entre los bajos de los coches, en los alféizares, al don gato presidencial u opositor, a ese felino neoyork que viste sombrero, gabardina y seguramente es amante del jazz. No puedo buscarlo en los tejados, pillan tan altos. Pero hay zonas bajas, residenciales, en las que, poniéndome de puntillas como una bailarina, logro avistar familias gatunas. Acompañadas pero libres, claro. Por eso no están en los zoos ni en los circos.
Terminemos la prosopografía. Y salgo ya de mí. Puro perfil ajeno. María Soledad me dice, entre lágrimas que lagunan, que se ha escurrido de su vida un michino con el sigilo del aire –el aire es sigiloso cuando no silba-. Le digo ya lo sé. Cualquiera que haya leído a Neruda lo sabe. Era un felino pulquérrimo, como todos. Su esmero delicado, no obstante, contrasta con la naturaleza de sus distracciones: raspas de pescado, ratoncillos, cualquier objeto que al caer contra el suelo produzca ruido. Y, si tiene un charco a la boca, beberá de él. Aunque disponga de agua mineral. Será por la sequía, por el ahorro de agua. El gato, según vemos, es, además, un animal concienciado. Incluso en España. Incluso en Valladolid. Adopten uno.
Santiago esquina La Habana
03 de octubre de 07
Durante veintipico días Ángel Marcos ha sido ‘nuestro hombre en La Habana’. En pleno centro de la capital, en mitad de la calle Santiago, en la sala de exposiciones de Las Francesas, pudimos contemplar una muestra fotográfica sobre La Habana más descarnada, aquella que se resquebraja con el paso de los meses.
Las islas son el sitio donde se construyen, desde Tomás Moro o antes, todas las utopías. A pesar de ello, la sociedad política occidental las contempla como mazacotes de realidad urbanizable y, en segundo término, como lugar de vacación exótica para mentes lagartas que sólo buscan tostarse al sol con pulseras de hotel colgando de la muñeca. La sociedad televisiva –tan aposentada en la idiocia- es más práctica todavía: lo da todo hecho: no oferta en ellas ningún placer: sitúa a concursantes para que ‘disfruten’ por el telespectador. La televisión es un gran aparato digestivo que da las cosas trituradas. Por eso gusta de situar a famosos con el objeto de que jueguen al buen o al mal salvaje: los concursos de telerrealidad son el apaga-ansiedades de los mortales satisfechos.
Pero en las islas como dios manda nadie tiene los pies en el suelo, sino en el mar, que para eso sobra. Y el día a día es aventurero. De hecho, encargan bodegones de pimienta para mezclarla con la sal. En estas ciudades marinas nada decepciona más que la realidad. Y se defienden mirando hacia otro lado.
El cubano medio sabe bien que un sueño que se cumple no es un sueño, o bien es un fondo de inversión. Y persevera en el intento. Lo malo son los niños de papá, que haberlos haylos, seducidos por el cuento de la lechera yanqui. El resto, bien avenido con la Revolución, ejemplifica cómo la característica inefable de los deseos es su radical imposibilidad. Y ahí están los utópicos, de vuelta de la caña de maíz, como en un poema de Gil de Biedma, dando la razón a Machado: se hace camino al andar. La cosa es que llevan casi cincuenta años caminando y alguna vez quisieran una tregua, un descanso. Pero la cosa de la coherencia y el imperativo categórico son así: al echar la vista atrás se ven los logros de hormiguita que siempre se han de volver a pisar. En Estados Unidos, por el contrario, hay mucho zángano. En los States, un ejecutivo aparece muerto con una bolsa de la compra en la cabeza y los pantalones bajados. La sofisticación, cuando llega a los límites, se reinventa. En Cuba, que también se reinventan, les gustaría ser excéntricos por un día, cierto, pero la costumbre y la rutina también ayudan a vivir. A Castro lo que es de Castro: sus logros están fuera de toda duda objetiva, incluso en los siglos veintiunos.
En Occidente se construye sin cimientos porque estamos saliendo siempre de comprarnos unos pantalones y, así, no se puede tener la cabeza en lo que importa. La rusticidad cubana llega hasta a los andamios, que son de madera. La gente está a una distancia entrañable del mundo. A lo suyo. A lo que –les- importa -que es todo y nada al mismo tiempo-.
La utopía es una ventana abierta a un patio de luces; los miradores balaustrados son estancias capitalistas: por ciento ochenta grados que tengan, jamás llegarán a conquistar el horizonte. Por eso, quienes quieren cambiar el rumbo desviado y constante -como un número periódico- de las cosas, son ombliguistas a su pesar: las revoluciones son de dentro hacia dentro. Para colonizar con la cosa del bien están las oenegés –limpias en su mayoría- y el ejército de Estados Unidos. En mitad de este paisaje, Cuba vive amurallada para no servir de heliopuerto lupanar de rica miel al gringo, como cuando Batista. Y para justificarse e insuflar ánimos poblacionales, usa el dibujo, la pluma y la pancarta. Todo mensaje publicitario es manipulador porque sí. El propio y el ajeno. El de aquí y el de allá.
Estamos rodeados de publicidad, mercadotecnia, responsabilidad social corporativa y gaitas escocesas. El mundo es un enorme castillo rodeado por un foso con cocodrilos. Cuba, a su modo, intenta erigir puentes levadizos. Y en esta tarea radica su imposible publicidad. Porque uno puede mostrar con orgullo la opulencia, el pastel de cumpleaños de Miami, pero cuesta vender la austera castidad –a menos que usted sea más kantiano que Kant-. Y los reptiles están de moda, ponga uno en su vida.
En una sociedad de mercado, dominada, digo, por la publicidad y los bolsos de marca, la seducción efectiva de los eslóganes es el marchamo de calidad. Los de Cuba están influidos por el arte del cómic y el retrato. Sus cartelones, por su colorido festivo y, a veces, ingenuidad, remiten más a Toulouse Lautrec que a las Potencias del Eje.
Todos somos hijos del uso que de la propaganda se hizo en la Segunda Guerra Mundial. Cuando la contienda acabó, los directivos de las empresas hicieron cursos acelerados en Goebles. No hay mayor uso de la frase con efecto que el que se da en las sociedades opíparas, donde el mercado se disputa a cada consumidor. En La Habana sigue sin haber consumidores: todavía hay ciudadanos, una especie en extinción pertinaz que se inventó en el mundo clásico. La ideología es una antigualla. Lo que nos mola es el titular, la frase con efecto y la sociedad de clases. ¿Quién aguantaría ahora la soflama teórica, razonada y pausada, aunque encendida, de Lenin?
Leyendo el programa de la exposición –con doce faltas de ortografía por centímetro cuadrado- uno se da cuenta de que este trabajo es la continuación de otro realizado sobre Manhattan. Una y otra, iconografías urbanas que persiguen lo emocional. “Marcos sustituye la neutralidad del inventario frontal taxonómico por un inventario poético y político”, dice Jean-Luc Monterosso. Y la Cuba petrificada en la Historia, ¿de quién es responsabilidad? Aquí, el tío Jean-Luc saca lenguaje administrativo y correctamente dispensa: “De América –en realidad, este señor quiere decir ‘Estados Unidos’- pronta a defender sus intereses económicos o de un régimen que no ha sabido dar rostro humano a un socialismo necesario”. Vamos a ver, si algo sobra es rostro humano, lo que han faltado son gestores económicos, pero es que la economía, hasta que se demuestre lo contrario, anda reñida con la humanidad. La Cuba petrificada es producto del deseo de los cubanos. De su utopía insular.
Todo es propaganda, repito, pero si abrimos la habitación de los espejos, salta la liebre. Estados Unidos o Cuba, ¿quién da más por menos? La relación calidad-precio entre la promesa de felicidad que incita al consumo y la vida austera superpoblada de prestaciones sociales son dos extremos a estudiar. Quizá, si no funciona mejor la segunda, sea por la competencia desleal del exterior.
Pero, cuál de los dos polos es más mundo ficticio. Aquí, en el mundo desarrollado, hay libertades con cargo al ciudadano y seguridad de 'blandiblú'; la razón de Estado es Dios y Dios es un comercial que te quiere vender un piso. En Cuba, la razón de Estado es el ideal que los sacó del analfabetismo y que, quizás ahora, vea necesaria una actualización para no seguir viviendo de las rentas y dejar de aguantar a los plastas de las economías mixtas –que, al cabo, acaban debiéndose al capital- y a los integristas de los derechos humanos.
En La Habana, al igual que en su predecesora Nueva York –cada una a su modo-, lo imposible se encuentra al alcance de la mano. En La Habana, los índices de desarrollo están a la cabeza de los de los treinta y cinco países que comprenden el continente americano -saliendo del engañoso parámetro económico y centrándonos en la mortalidad infantil, la esperanza de vida, los médicos por habitante y otros etcétera familiares; no en peibés macroeconómicos-. Y esto es un gran dato. Un gran dato que no es un fin: es un medio. Y es que en Cuba los medios justifican el fin. Los que piensen lo contrario, relean a Marx; el estadio avanzado, el capítulo final del desarrollo está por escribir.
El mejor rock del Parnaso
2 de julio de 07
Afortunadamente, la crítica especializada está saludando con parabienes la tercera y última parte de la gira ‘A bigger bang’ de los Rolling Stones. Y es que criticarles se ha convertido para algunos en deporte, en un ejercicio de corrección. Estos atletas del desprestigio quieren ser trasgresores pero resultan previsibles. Advenedizos o envidiosos, juegan a ser malos, pero no resulta convincente quien se expresa desde el tópico o desde una postura difícil de arropar con argumentos desapasionados. Habría que exigirles una mínima objetividad para no conculcar el derecho a la información con la opinión gratuita. Definitivamente, son los odios irrefrenables que despiertan estos músicos el síntoma inequívoco del lugar de honor que ocupan en el parnaso rockero. Aquellos que ponen en cuestión al mítico cuarteto no hacen sino sancionar su hegemonía desde hace ya cuatro décadas.
Dijo Truman Capote que Mick Jagger sobre las tablas se movía como una mezcla de ‘majorete’ y de Fred Astaire. Si los Stones son mucho más que un grupo, Jagger también es mucho más que un ‘frontman’ al uso. Caballero del Imperio Británico, lidera una banda en la que todos y cada uno de sus miembros se revelan imprescindibles. Si el ‘rock’ se ha convertido en la expresión cultural más importante de la segunda mitad del siglo veinte es gracias, sobre todo, a la chispa que alimentaron ellos. El grupo británico tomó el testigo de Elvis –“Antes de Elvis no había nada”, llegó a declarar John Lennon- para trascender todo contexto musical y convertirlo –convertirse- en un indudable fenómeno sociológico. Los Stones han representado, mejor que nadie, la versatilidad de un género promiscuo y bastardo, que bebe de las fuentes del ‘blues’, se roza con el ‘jazz’, coquetea con el pop, tiene asumido el ‘reggae’,… Pero que nunca abandona la fiereza eléctrica y las contundentes bases rítmicas que lo caracterizan. Mutadas en piezas que van desde ofertorios barrocos –‘You can´t always get what you want’- hasta trepidantes secuencias de ‘garaje’ –‘Too tight’-.
La increíble y manifiesta perdurabilidad y el éxito al por mayor de los que siguen tirando los Stones como renos incansables no es sólo atribuible a sus mágicos ritmos sincopados, a sus acordes en quinta y en séptima, a su ‘pentatónica’ exprimida hasta parecer ‘septatónica’ o ‘heptatónica’ y a todo el arsenal de recursos técnicos y sonoros presentes en su obra: ‘slide’, ‘bottleneck’, frases con notas dobles y desplazamiento, ‘pedal steel’, etcétera, etcétera. Basta echar un vistazo a algunas letras de canción para darse cuenta de que el talento ‘stone’ excede lo estrictamente musical para dar en lo literario. Recorrer sus textos supone un paseo desde el Everest –‘Sympathy for the devil’ es una de las mejores canciones jamás escritas- a geografías por debajo del nivel del mar –la descarada y banal ‘She´s my little rock and roll’-. Y todo sin solución de continuidad. En el camino se suelen dar cita lo urbano –‘Star, star’-, los ajustes de cuentas amorosos, tan literarios ellos –‘Under my thumb’-, el lamento hedonista –‘Always suffering’- y la confusión de sentimientos –‘Mixed emotions’-. Que ello no despiste al oyente de estrofas realmente elaboradas: algunas, inspiradas en pasajes bíblicos, como son los casos de ‘Shine a light’ o de ‘Saint of me’.
Melodías envolventes, bases musicales pegadizas y letras punzantes con las que el personal se fustiga a placer. Con ellos ‘rock’ trascendió la radiofórmula, dejó de ser mero lenguaje musical para convertirse en lenguaje social. Esta fuerza es la que lo separa del pop, asimilado por el sistema. Por eso musicazos flamencos de la talla de Mercé o de Enrique Morente confiesan que lo que de verdad les hubiese gustado es poder hacer ‘rock’ y el maestro Paco de Lucía admite que los Stones son lo que más le gusta fuera del flamenco.
Podríamos decir que Jagger pone la cordura y Richards la locura. Este último, Telecaster en ristre, ha inspirado a todos los guitarristas que después han sido. Así de fuerte. Aunque especialmente del ‘rock’, su particular manera de rasgar las seis cuerdas y de moverse encima de un escenario ha contagiado poses y ritmos a músicos de la más variada condición. A consecuencia de una enfermedad degenerativa en los huesos, el guitarrista más imitado de la Historia se halla mermado de facultades, lo cual no le impide demostrar cada noche su condición gatuna y echar un pulso a las leyes de la naturaleza. Aun torpe puede seguir siendo el mejor guitarrista rock del mundo. Con los dedos de su mano izquierda mofletudos, cada uno equivaliendo en grosor al traste de una guitarra, sigue siendo capaz de encadenar ‘riffs’ con los que poner patas arriba un estadio. El carisma no se enseña, es patrimonio de los elegidos.
Los artistas que ponen por delante, en calidad, quienes critican a los Rolling no se dan cuenta de que ¡también rinden pleitesía unánime a Sus Satánicas Majestades! Hacer entender a un profano que lo importante es el sonido y el estilo y no los malabarismos sobre el mástil, a los que cualquiera puede llegar a base de repetir escalas, es tarea inútil. Por supuesto que son la mejor banda de rock del mundo. ¡De hecho, ellos, prácticamente, inventaron el género! Como grupo, dirigido por la batuta jazzística de Charlie Watts, han sido pioneros en todo. ¿Quién puede olvidar descargas épicas a campo abierto, como aquellas de Hyde Park, acompañando las proclamas de la contracultura; o su ‘Rock and Roll Circus’ -con invitados del calibre de Jethro Tull, Lennon o The Who-, concepto luego imitado por artistas de medio mundo; o el nacimiento de los grandes escenarios, diseñados por Mark Fisher, con sonido apabullante y las pantallas gigantes de mayor nitidez construidas exclusivamente para ellos por la Nasa o la empresa Sony? Conocido es que Michael Jackson hacía ‘play-back’ en sus actuaciones, pero el autoproclamado rey del pop no tiene comparación con los verdaderos reyes del ‘rock’. Igual que el pop no es lo mismo que el ‘rock’. No hace falta remontarse al primer Woodstock o a los Live Aid para comprobar su carácter comprometido. En cada acorde distorsionado se mezcla el gusto por contrariar al poderoso. Recientemente manifestó Miguel Ríos: “Sabemos que el ‘rock’ está perdiendo influencia en la sociedad. Es una música que trabaja más para la cabeza que para el culo y, por eso, ha de pagar su peaje, como no sonar en la radio”.
Guns and Roses, Black Crowes, Seahorses, Sheryl Crow, Bob Dylan, The Pretenders, Jet, ACDC,… siempre se acompañan por teloneros de lujo que, encima, les admiran. Nunca preocupados por si pudieran ser eclipsados, sino por recompensar a su público con lo mejor de la escena musical. La gira actual llega a 2007 habiendo comenzado en 2005. No está mal para unos sesentones que se meten entre pecho y espalda una actuación cada dos o tres días y cruzan las fronteras de los países como quien cruza el dintel de la puerta de casa. En la etapa estadounidense llevaron a Pearl Jam para abrir varios conciertos. Eddie Vedder, su cantante, reconoció que, a la hora de facturar ‘rock’, los Stones siguen siendo insuperables. Nada nuevo, pero hay verdades que conviene repetir porque, como dijera Cela, “nadie escucha”.
El año pasado, en la controvertida ‘reèntre’ de Guns and Roses, Axl iba a haberlos teloneado por tierras germanas. Pero la suspensión se cruzó en su camino. En 1989 ya abrió para ellos. En diciembre de aquel año, después de una actuación en el Memorial Coliseum de Los Ángeles, un crítico de ‘Village Voice’ señaló: “Fue como poner una Honda Scooter junto a una Harley Davidson en una autopista”. El periodista musical Mariano Muniesa reconoce: “Sólo podían intentar no hacer el ridículo al lado de ellos”. Aunque los Stones les habían ofrecido más galas, los californianos declinaron la oferta habida cuenta de la diferencia que existía entre los dos grupos; se retiraron, llanamente, para salvar su imagen. Y estamos hablando de la única banda, junto con REM, que a lo largo de los años ha sido capaz de compararse a los más grandes –Beatles y Stones-, de quienes Brian May, de Queen, señaló, sólo dos años después, en el 92, que eran inigualables... pero en aquel momento Mick y Keith no se encontraban de gira. De hecho, es tal la asunción de quién manda que los propios ‘gunners’ incluyen repertorio ‘stone’ en sus directos. Últimamente se han hecho: ‘Sway’ y ‘You gotta move’; en los noventa atacaban regularmente ‘Wild horses’ y ‘Dead flowers’; y en los ochenta ‘Jumping Jack Flash’.
Los ‘glimmer twins’ lideran una formación que suena como la filarmónica de Viena. A ello contribuye el refuerzo que les prestan: un cuarteto de viento, un teclista, un percusionista y unos coristas de lujo. Mas no suenan peor solos que bien acompañados. Lo definen cada noche, ejecutando tres temas en ‘formato reducido’. Tampoco la puesta en escena es el truco del almendruco circense: ante la mirada escrutadora de un aforo restringido, su rock visceral gana. Así lo demuestran las grabaciones realizadas, por ejemplo, en el teatro Olimpia de París o en el Beacon de Nueva York. La barrera del tiempo hace años que fue traspasada. La razón dicta, pues, que estos hombres son fieles continuadores de la labor que emprendieran hace tantos siglos los monjes benedictinos gregorianos y que continuaran los Bach, Vivaldi, Haendel, etcétera: cualquier concierto de los Rolling Stones ofrece una clara demostración de que no hay más música clásica que la imperecedera.
El mar de las tormentas
26 de mayo de 07
Vivimos -morimos- en una Comunidad donde hay sólo dos partidos, qué pena. Dos partidos que son uno. Que son humo. A las pasteleras mayorías absolutas se las define como monocolores, un término que a Castilla la Nuestra le viene como anillo al dedo corazón que nos enseñan nuestros acomodaticios representantes. Nuestro paliducho monocolor evidencia una falta de arrestos, de identidad y de voluntad política que claman al infierno. Lo peor es que la gente suele acabar tomando de su propia medicina, recibiendo lo que da y mereciéndose lo que obtiene. Habría que analizar el cerebro del castellano y leonés -o castellanoleonés, para que no se ofenda la parte contratante de la Academia-. ¿Por qué se empecina ¡tanto! en repetir una fórmula gastada que sólo nos admite crecer en despoblación? Parecemos África, dotando de mano de obra al resto del Estado. Somos una regularización masiva pasiva. Cómo vamos a estar representados en la Europa de los pueblos si no lo estamos en la España de las Autonomías. Esto es absurdo. Pero un absurdo, cutre, posmoderno: ¡Kafka nunca habría votado a Herrera!, por favor. Y, para más inri, somos un absurdo aduanero, caróntico, ausente de humor.
Como un endeble barquito de papel anda Izquierda Unida surcando el mar de las tormentas, tragando rayos y chispas, sapos y anacondas, víctima de los cambios climáticos de aquellos relativistas proféticos e igualitarios que opinan “Todo es lo mismo”. Esto se acaba pareciendo a Estados Unidos, donde discrepar con autoridad causa temor, pues todo es de un magmático que margina. En este contexto, IU es un Ralph Nader al que le chulean los votos en las urnas, es el perro en la perrera, el protagonista de novela negra al que echan cianuro en el puchero electoral. Son unos rojos irredentos, criticones y antisistema. Menudo pecado, ¡como si el sistema marchase bien!: con el precio de la vivienda desbocado como un jamelgo del Guernika; con las hipotecas ahogando al personal como una cabina de agua de Fumanchú pero con los obreros especulativos apoyando al Pocero, no lo olvidemos; con el Medio no llegando a cuarto; con el Estado –des-apareciendo, ahí, tendido al sol, medio confesional, pidiendo limosna con un collar de Cartier en la solapa; con la política usada como “braga sucia”, que diría el Umbral de antes, no el de las pesadillas de ahora, que ya ni los sueños, sueños son.
Pues resulta que estos tarados de IU se presentan con Los Verdes por ver si el aire se vuelve respirable, como en un poema de Octavio Paz. La causa ecológica debería ser “de imperativo moral y categórico”, como expresó Fierro en estas páginas el pasado noviembre. Mas, cuando los socorristas nos avizoren desesperados, chapoteando bajo la tormenta como el pincel de Van Gogh, rehusarán ayudarnos con chalecos salvavidas y púberes flotadores. Al contrario, arrojarán piedras con la consigna de que nos las atemos a los tobillos. “Veréis qué bien os quedan”. Y como la cadenita queda muy chic en el tobillo, tragaremos. Los peces, pican; los animales, engullen; las personas tragamos. Y tragamos, primero, el conservadurismo antropológico regional; después, convenientemente triturada con la batidora neoliberal, el agua necesaria hasta hacer de nuestros pulmones un pequeño lago infecto como el río Pisuerga, cuyo curso sortearían hasta los hipopótamos.
Otro arancel de la democracia nuestra de cada día es la cantilena del voto útil. O, sea, la apelación a la estandarización política. A otro gato con esa raspa. El voto útil, desde la derecha es el que permite afianzar posiciones y desde la izquierda, supongo, retirar a De la Riva de la alcaldía. En este punto, el voto útil sería el de Izquierda Unida, pues, además de empujar al PSOE a practicar políticas sociales, es el partido que tiene más cerca el siguiente concejal, definitivo para las aspiraciones globales de la izquierda. El segundo concejal de esta formación prejubilaría a De la Riva como a un obrero más, éste, de la cosa política. Porque, ¿se lo imaginan en el escaño de la oposición? Yo no, pero como le gusta dar espectáculo, lo mismo, oiga.
Ay, los campos partidopopulares de Castilla. Oh, Fuensaldaña: ¡estadounidense parlamento “unívoco”! que, se me ocurre, podría adjetivar Hoyas. Que Antonio Herreros quiso cambiar las cosas y lo condenaron a galeras. Qué envididia de Cataluña y sus ¡seis partidos! con representación. Para colmo, los de IU suelen cocear al poder, a quién se le ocurre. Qué pesados, estos utópicos.
Vivimos -morimos- en una región que, sin salida al mar, posee más agua que ninguna: no en vano somos el mar de las tormentas. Ya saldrán los próceres del bipartidismo antidemocrático celebrándolo: “Ea, tenemos mar, para las próximas elecciones, ¡océano!”. Y, claro, las olas acechantes irán creciendo hasta que no haya tabla de surf que las peine. Con su pan se las coman. A este paso de tortuga, lo próximo a la Ley d´Hont será buscar unas convenientes elecciones presidencialistas, no parlamentarias. Aunque, en Castilla la Nuestra, no nos afectaría: sabemos discriminamos solitos. Las minorías ya no cuentan ni como margen de error en la estadística.
¿Pluralismo?, ¿variedad? Para qué. ¿Imaginan la paleta del pintor con un solo tono? A mí es que se me saltan los colores como botones en la rebeca de Herrera después de una comida opípara. Herrera y Villalba no saben pintar si no es con brocha gorda. Mirándolo bien, qué más da… para lo que pintan. Pintan techos y pintan la mona. Para ellos el arco iris es el diablo, el movimiento en la silla de su estable estabilidad.