Las flautas mágicas

12 de dciiembre de 05

A veces uno exhala una armónica y no consigue reproducir ningún sonido digno. Otras, el de la mesa de enfrente en el restaurante sopla el caldo del cocido y le sale una sinfonía. Será cuestión de estar dotado.

Dice la fábula que el asno sopló la flauta y ésta sonó por casualidad. Cincuenta y cuatro iglesias románicas del norte de Castilla y León van a ser restauradas. La flauta ha sonado. Aunque no sabemos si tocar instrumentos musicales desgrava -hay empresas que toman becarios infrautilizados de antemano únicamente por cobrarse la subvención-. Lo mismo sale ventajoso tocar flautas románicas y no nos hemos percatado de ello. Igual nos hacen ‘gratuitamente’ maltrechas plazas de Zorrilla por toda la Comunidad. Es lógico pensar mal por lo extraño de la situación: tantos años descascarillándose las arquitecturas y, de repente, el gobierno regional encuentra saludable mantenerlas en pie.

Se van a invertir casi diez millones de euros hasta 2012. Los promotores esperan que la “puesta en valor de los bienes provoque una reacción causa-efecto que beneficie el desarrollo de la zona y frene la despoblación”. Pura frase administrativa de quien se aburre redactando informes y discursos para inaugurar tramos de autovía. Acabáramos, la requetefamiliar despoblación. Tardaba en dejarse caer como excusa de unas declaraciones. Lo que pasa es que los del PP se perpetúan sin dar solución al tema. ¿Alguna vez se le pasará por la cabeza al electorado la posibilidad de modificar el signo de su papeleta después de cuatro lustros? Aunque sólo sea por ver si el resto es igual de pasota y alegre. A lo mejor tendríamos una legislatura de flauta dulce. Da la sensación de que el mal es endémico y la caída libre del gentío, imparable. La demografía en la Comunidad hace ‘puenting’ y no va a haber iglesitas capaces de evitar que las tasas de población se tiren al vacío atadas con mosquetones a una cuerda que cualquier día se nos rompe.

No hay que poner excusas, no hay por qué sonrojarse por defender una actuación en favor del patrimonio. El arte hay que conservarlo porque sí, sin más, sin dar mayores explicaciones. Si alguien se pone preguntón le diremos que por diferenciarnos de los animales y entender que el arte es una expresión alta de la inteligencia humana; aparte de por respeto a nuestra identidad y por honestidad con la Historia, que es tanto como decir con nosotros mismos: la Historia es la catedral de nuestro árbol genealógico.

Nuestros cimientos no merecen el desdoro de un malvado estío que seca las raíces porque al servicio de mantenimiento de parques y jardines se le haya olvidado dónde guardó la última vez las mangueras. Los cimientos firmes son capaces de impedir que la civilización se extinga a causa de un cambio climático. Pero pasa que ahora se construye en la ilegalidad, que el ceodós se va a comercializar como perfume chic para regalo de estas navidades y que el mínimo sentido cultural de la especie nos lleva al máximo común divisor del vicio. Vamos, que si hay que cargarse el atrio de la Catedral porque sólo sirve acoge a borrachos y drogadizos, ponemos un poco de goma dos y a la mierda juanesdeherreras y la estabilidad del templo.

Entre pitos y flautas se cifran en más de dos mil los testimonios románicos catalogados en la región. Castilla la Nuestra posee un tesoro europeo: en un radio de 35 kilómetros, más de un centenar de edificios románicos. No obstante –veremos a partir de este momento- ya podía haberles fallado el pulso durante tantos años a construcciones imponentes como la de Támara que si no pasaba por sus naves un Camino de Santiago que les salvara la vida, ahí se pudrían. En el camino –con minúscula-. Con las sillerías de coro vistiendo una mordaza en la boca. Dicen que nunca es tarde, no lo sé. Los homenajes póstumos sirven para echar flores a difuntos que se han quedado sin olfato para olerlas y sin pies para pisotearlas cuando no son de su agrado.

Las iglesias datan de los siglos XI, XII y XIII. En ese tiempo lejano no estaban para muchas flautas, sino para polifonía vocal, rezos diarios y oraciones cantadas en vísperas de Cuaresma. El barroco era una estrella lejana en el universo, el resto de la música antigua no se avistaba ni con telescopio. Esto lo ha oído la Junta y sus funcionarios han echado un pregón. Por lo de vocal. El plan lo va a llevar a cabo la Fundación Santa María la Real, presidida por Peridis, un diletante metido a viñetista, un filósofo del carboncillo y del presente que hace humor político. Santiago Amón quedó detrás. Peridis piensa en lo humano: legar a los hijos un patrimonio tan rico, -“mantener en pie estas iglesias es la manera de volver a recordar a todos los que vivieron aquí”-; la Junta, en lo divino: a ver si logran una declaración conjunta Patrimonio de la Humanidad, el ansiado galardón que concede la Unesco.

Pistoletazo de salida y redacción de proyectos de intervención y de ejecución. Lo primero, recuperar la ermita rupestre de Olleros de Pisuerga, en Palencia. Esta iglesia, parecida a las de Cervera de Pisuerga, Cezura y Villacibio, está excavada en roca.

El flautista de Hamelin era un domador disfrazado de músico. ¿O era al revés: músico que estudió la doma? Herrera no es ni galgo ni podenco; ni músico ni domador. Pero comanda la fauna regional. Juan Vicente es simplemente el sustituto de Lucas. Aunque con más talante y mejor verbo. Pero si hace sonar la flauta será también por casualidad. Para futuras posibles ocasiones -por si algún consejero se lleva el instrumento de otro a la boca y logra notas musicales dislocadas- más valdría enseñar la diferencia entre música y ruido. El castin para hallar profesor se haría en un aparcamiento cualquiera de los que tiene en cartera de la Riva. Otro que tampoco va a solucionar el problema del tráfico, pero mientras tanto se divierte tocando esa flautilla reducida y de nota única que es el pito de guardia de tráfico.

Cuando los márgenes de la fotografía eran el motivo central

30 de novimebre de 05


Antes de que la estética soviética llene los dos pasillos y medio que son la sala de exposiciones de san Benito, la mirada indiscreta de Joan Colom ocupa las paredes del museo. Hasta el 11 de diciembre.

Colom es un hombre que amasó las clases populares, la fiambrera, la sífilis y el grisú con el rodillo de sus carretes en blanco y negro, a juego con el paisaje. Ahora que se cumplen tres décadas desde que nos dejó el César Visionario, Colom enseña a través de esta selección de fotografias expuestas en Valladolid el franquismo en todo su esplendor: la autarquía, el gueto, las clases medias que siempre eran bajas, los rinconetes, los cortadillos, los diarios Arriba, las patas Abajo, las esquinas penumbrosas y las faldas ajustadas que apretaban carnes de ocasión.

Los cincuenta y los sesenta fueron una época de grandeza para España, en la que el sol no se ponía en el territorio porque nadie quería venir a un sitio donde ni siquiera se aceptaba a los propios. Éstos tenían que salir en calzoncillos a hacer las américas, las francias, las alemanias o las rusias. En otras palabras: un caldo de cultivo tecnócrata sin avecrenes ni guarnición; una sopa fría que no hacía acto de presencia en las cartas de los restaurantes democráticos. Luego, en el Pardo había un estanque de agua turbia en el que don Francisquito echaba barcos de pan a ver si se le reproducían –la reproducción, ese tema que se saltaba en colegios e institutos-. En esos barquitos él veía azores y soñaba arribar la plaza de Oriente con uno distinto cada día. Con yugos en la proa, flechas en la popa y replicantes de sí mismo en las escotillas. Curioso personajillo don Francisquito. Tenía nombre de protagonista de zarzuela. Don Francisquito, omnisciente él, como un narrador de novela; omnipotente, como un actor porno viagrado. Después de soñar azores, todo excitado, sacaba a los perros en busca de rojos por aquí y por allá y ordenaba incautar todo patrimonio sindical que no fuera verticaloide. Documentación que, precisamente, en estos días se está soltando como se sueltan las palomas. Y así se tiró el sol en este país sin salir durante unas cuantas décadas. Por eso no se ponía sobre sus dominios.

La exposición que tiene lugar en san Benito muestra aquel tiempo en el que, siendo península, parecíamos isla. El fotógrafo, Premio Nacional de la cosa, se pertrechaba de una máquina bajo la axila, bajaba a la calle y, a hurtadillas, sin mirar por el visor, iba robando pedazos de realidad víctima de los tiempos. De la realidad en la que, ya se sabe, media España ocupó la España entera, aquella que no salía en el Nodo retrasando las proyecciones del Cinema Lafuente o las del Lope de Vega, donde mis abuelos tenían reservada butaca para después de unos dados en el Molinero. Los otros iban al Arriaga de Bilbao o al Capitol en Elgoibar, pero no por lindar con esa imagen de la libertad que es el mar éstos estaban libres de Matías Prats Cañete.

Él -vuelvo a Colom- confiesa que no pretendía llegar a mayores. Pero llegaba. Se dio cuenta una mañana mientras tomaba el desayuno ya casi en los ochenta. “Yo no sabía que estaba haciendo fotografía social en aquel momento. Yo sólo hacía fotografía y buscaba imágenes que me emocionaran. A veces he empleado ese término para definir mi trabajo, pero para mí quiere decir simplemente que no hago paisajes o bodegones. Yo hago la calle. Con mis fotografías yo busco ser una especie de notario de una época”. Hacía la calle, como un periodista o como algunas de las actrices de sus retratos sin óleo ni pincel; como los niños harapientos de quienes trazaba biografías urgentes manchadas de cuarto oscuro y líquido revelador.

No es España vista desde la barrera, sino desde la arena. Hoy vas con esa técnica furtiva por la vida y la castañera te pide derechos de imagen. Sin embargo, la administración y la cosa privada hacen siembra de cámaras. Pasas por el centro de la ciudad y, sin haberte consultado, te dejan registrado en decenas de almanaques de cotidianidad. Es por nuestro bien, claro. Y para motivar nuestra bondad y porque sintamos esa emoción tan útil para el poder que es el miedo. La seguridad tiene su precio y se cobra en doblones. Lo curioso es que también nos graba el pensamiento que se regocija en la libertad -¿por qué dicen libertad cuando quieren decir ‘liberal’?- Esos ojos de buey que nos observan desde las esquinas y en los escaparates no se aprecian a primera vista, como las antenas camaleón de telefonía móvil. Pero haberlos haylos.
Existen otros tipos de fotografía. Los escritores detectives, por ejemplo, disparan discretamente.

A discreción con discreción. Se quedan con lo sustancial y luego hacen costumbrismo. Algunos hacen álbumes mentales para ver si les inspiran el párrafo de una novela. Pero hay cosas que si se ven perseguidas, salen huyendo. Es más productiva una mirada perdida que engendre ocho más. Las miradas perdidas, los infinitos transgredidos, son tiempo ganado. De hecho, deberíamos aprender a perder el tiempo con estilo. Máxime en esta agencia de publicidad que son nuestras vidas, tan llenas de prisa. Javier Marías dice algo así como que se dedica a perder el tiempo en cuanto puede. Uno entiende que debe de ser una de sus aficiones preferidas junto a las traducciones de Faulkner. Ser diestro en el arte de perder el tiempo no es ninguna tontería al alcance de cualquiera.

El reloj es una guillotina que cuenta el tiempo que nos queda. El segundero, un hacha afilada a punto de caer sobre los cuellos. Las horas son un verdugo que sólo saben contar hacia atrás, el tiempo que nos queda. Desatender el reloj, burlar el segundero, malgastar las horas son cosas tan serias y poco apreciadas como el fino humor. La gente ríe por desesperación, y en eso no consiste. Que se puede reír por no llorar, pero hay que hacerlo con elegancia, como proponía Brel –estar desesperado, pero con elegancia-.

Estoy seguro de que Colom perdía el tiempo con asiduidad, y eso que su sociedad en pañales no reclamaba tales voluntarismos. Esto lo convertía en una persona trabajadora, que sacaba partido a los días. En sus instantáneas, además de todo lo dicho, salen sietes en el pantalón y se perciben espacios “color ala de mosca poblado de guardias desdentados, trenes desolados, aulas con olor a orín escolástico, ventanillas mugrientas, fritangas de calamares y chorizos banderilleados por un mondadientes, sabañones que luego se convirtieron en anillos de oro de la especulación infinita y la paciencia infinita de las madres ibéricas que limpiaban los mocos a sus niños en la sala de espera de los hospitales” –Manuel Vicent-. Y culos. Muchos culos.

El estado de los estautos

20 de noviembre de 05

Zetapé ha pasado unos días casi a pregón diario, como un romano antiguo, intentando convencer al personal de que las ideas que le ha metido Maragall en la cabeza no son malas. Justamente el ‘president’ las aprendió de la cuadrilla del tres por ciento, o sea, de cíu y las matizó después con el inestimable aliño de ese adorno gaudí que es Carod.

Castilla y León ha salido de los debates sobre el estado de las autonomías como una región más. Esto, que podría ser positivo, al encarnar nosotros la realidad se torna negativo. Pasa que, a veces, ser ‘uno más’ equivale a ser ‘uno menos’. O sea, que pasamos inadvertidos no obstante de lo grandes que somos y del exquisito trato que se profesan Juanvi y el presi de la nación nación. De la nación con mayúscula. De la nación de naciones, quiero decir.

La Comunidad mira lo que se cuece en los escaños desde el paraíso del Parlamento, esto es, desde el gallinero, esa jaula destinada al público. Abajo se sientan Cataluña, País Vasco, Valencia, Galicia e incluso hasta Canarias. No sé qué pensarán en la Academia de la Historia –deberían pronunciarse sus académicos-, pero Maragall lo ha dejado claro: sólo hay tres regiones históricas. Y la que él preside, la que más.

Todo esto sonaría ‘sospechoso’ si no fuera porque Súperzapatero y los suyos –o sea, todos menos el Partido Popular- han completado las comparecencias para la cosa del Estatuto de Cataluña con éxito y seguridad. Si cabe destacar algo es precisamente la propuesta de que la financiación saliente sea fruto de un pacto entre todas las autonomías y no se resienta la igualdad. En este punto, el ciudadano se tranquiliza y con ello finalizaría la propaganda de la reforma discriminatoria.

Mientras nuestros vecinos franceses sacan lustre a leyes de 1955 y a toques de queda; mientras ellos miran hacia atrás, nosotros miramos hacia delante: vivimos un presente que casi es futuro. Son tiempos importantes: la fisonomía del Estado puede ser modificada sin necesidad de pasar por corporaciones dermoestéticas.

¿Qué lugar ocupará Castilla y León después de la bacanal de estatutos por llegar y el incipiente federalismo? Seamos positivos, el modelo que viene podría sacarnos de pobres y todo. Bien mirado, todo federalismo que no sea asimétrico debería resultar igualitario por definición; la caja central no es de madera susceptible de termitas. Al fin y al cabo la única muerte del Estado, si alguien la ha propugnado alguna vez –más de una- es la derecha y ahora se la da de digna apelando a él.

Sin ir más lejos, por echar leña al fuego y seguir a lo suyo, a un contertulio economista de la Cope se le escapó una alabanza velada a la cosa federal: “Maragall no puede querer eso, querrá la independencia, porque federalismo es igualdad”. Y dejó a la izquierda que lo escuchó mucho más tranquila. Porque de lo que se habla no es de independencia. A menos que yo me haya perdido algún capítulo del tema.

Semanas antes del chaparrón mediático, de las ofertas de diálogo, por una parte y de empecinamiento conservador, por la otra, los enterradores cavaban la fosa sin saber qué cuerpo ocupará el oscuro y subterráneo recinto. Y es que alguna víctima se va a cobrar el asunto. Pero no todos tienen lo mismo que perder: lo que podría ser otro perdigonazo en el costado de un cervatillo, al toro malherido de la derecha –que siempre que puede, cornea- le vendría a suponer la puntilla. Si el director de orquesta maneja como debe la batuta y no tolera desafines, los tres tenores Rajoy-Zaplana-Acebes deberían obtener la jubilación anticipada.

Días antes del chaparrón político, en vísperas de guardar, aprovechaba la prensa catalana para advertir de que el crecimiento de Cataluña se sitúa por debajo del de la media ‘comunitaria’ española. Rajoy, que lo lee, pide lanzallamas a los obispos para avivar la disidencia a cuento de una ley educativa que, por encima de todas las lagunas que efectivamente presenta, ¡no cree en Dios! Quiere que los niños se acerquen a él sin cambiar de sexo ni de asesor de imagen; quiere que la colegialada rece todos los días un padrenuestroquestásenelcielo. Es su modo de entender la aconfesionalidad del Estado.

Las tareas más arduas siempre le han correspondido por naturaleza a la izquierda: desbrozar los presentes, sacar el machete y abrir camino en la maleza, arriesgar el patrimonio al rojo o al negro, jugarse la vida a la ruleta soviética. Unas veces gana pero casi siempre, aunque el tiempo le da a menudo la razón, pierde de primeras. Y no por las formas sino porque en su mismo credo, la izquierda orgullosa de sí misma, intervencionista y pública, figuran las causas perdidas de antemano. Y ahí se halla el tripartito, jugándose de nuevo el porvenir. El antiguo bambi, hoy reconocido ‘killer’ de la política, afila los colmillos en la yugular de la derechona, que nunca lo dejará de ser, ya que los tópicos sobreviven debido a que llevan casi siempre una mayoría absoluta -nunca unánime- de verdad.

Cantaba y canta Lluís Llach: “Si jo l´estiro foro per aquí i tu l´estires foro per allà, segur que tomba”. La estaca a la que están atados en la actualidad los catalanes ya no es el antiguo régimen sino la España de las autonomías. “Si no conseguimos liberarnos de ella nunca podremos andar”. Y en el barullo, colaboran los populares; unos la estiran por aquí, otros por allá. Y entre estos unos y estos otros harán que la ‘estaca’ caiga. Días de estiramientos: nuestra clase política al completo se asemeja a una compañía de ballet antes del estreno. O a un equipo de gimnastas. Estiramientos propios y ajenos. Calentado los músculos de las piernas y manejando la pelota, la cinta, la estaca y la cuerda. Unos y otros haciendo elástico un metro de cordón de zapato zapatero -estirando igualmente la paciencia del respetable-. En última instancia, cada cual escoge con qué soga se ahoga.

En un extremo todos, en el otro un ‘valiente’ y solitario PP que en cualquier momento se va a caer de culo. La temperatura dentro de un coche francés equivale a la de los estudios radiofónicos curejos o a la de alguna redacción que presume de razones pero no nos dice de lo que carece. Deberíamos confiar en que lo beneficioso para el país es terminar la progresiva descentralización que llevamos años ‘cuidando’. ¿Por qué echarse las manos a la cabeza si soltamos la magdalena de Proust a medio metro del suelo y ésta se despanzurra en el cemento? ¿La ley de gravedad es la preocupación que merece legalmente un hecho o es otra cosa que tiene más que ver con la caída de los cuerpos? ¿Acaso las descentralizaciones no terminan, como poco, en un Estado federal?

Puede ser que nos tengamos que ‘alejar’ para acercarnos más: “En un estudio reciente la OCDE –organización a la que, dos semanas después el PP apelaría para hablar de nuestra ‘mala educación’- muestra que los países con un mayor grado de descentralización, como Alemania, Canadá, Estados Unidos o Finlandia, tienen una mayor cohesión territorial, medida por una mayor igualdad en la renta per cápita regional. Por el contrario, los países centralizados tienen menor cohesión territorial. Desde que se inició el proceso de descentralización en España hemos ganado en igualdad entre Comunidades”. Zapatero dixit. Hay partidos que llevan decenios defendiendo esta fórmula, como IU, precisamente partido que nació en la idea centralista.

Una cosa me sorprende: el aparente cambio de discurso de don Pascual en apenas un lustro. El miércoles 2 de noviembre, mientras escuchaba a los oradores, revisaba la hemeroteca que me hacina en la habitación. Don Pascual, entonces jefe de la oposición en el Parlamento catalán, manifestaba: “Pujol no cree en el Estado de las autonomías”, como posicionándose a favor y marcando distancias con el sentimiento nacionalista. El lunes 10 de abril de 2000 en ‘El País’: “Si el Gobierno catalán hubiera hecho algún gesto de protección de los derechos de los castellanohablantes en Cataluña, todos estaríamos mejor”; “España es un conjunto de pueblos en un terreno de juego común”. El doctor Jeckyl ya defendía la vía federal pero, ¿le cogieron en un día especialmente comprensivo?

Era 2000. Eran otros tiempos. Acababa de nacer Gran Hermano en televisión y el mar de la actualidad estaba revuelto. Normalmente el tiempo ni quita ni da razones; nos hace más viejos, simplemente. Y las cosas cambian y las nubes se levantan. En 2000 la gente se hacía de cruces a cuento del concurso y hoy, curados de espanto, convivimos con la ¿séptima? edición. Antes, lo criticaban Almudena Grandes, Luis Antonio de Villena; hoy lo más que despierta es indiferencia. Que no es poco.

La materia de los sueños

24 de octubre de 05


Después del botellón arrojado por las fiestas verbeneras y pueblerinas de la virgen, la cultura toma el pulso a la villa. La quincuagésima edición de la Seminci supone unas bodas de oro entre el séptimo arte y la ciudad, un casamiento por el juzgado, lejos ya de aquellas proyecciones con moho de ‘valores humanos’ al modo del antiguo régimen. Como en todos los otoños, es hora de llenarse los bolsillos de pantalones y cazadoras con entradas de morado pálido, amarillo desmayado y rojo oscuro.

En este festival el cine con mayúsculas es protagonista, deja el arrincono al que se le somete en pequeñas salas el resto del año; el cine recobra su sentido primigenio: nadie escribió guiones o se situó detrás de una cámara para hacer de bufón. Veremos, pues, cine estético en sentido amplio, no como objeto inservible, sino como explosivo difícil de desactivar; ese cine que gusta a Michael Haneke, “que, de algún modo, desestabiliza”; aquél que aborda cuestiones difíciles de soportar; el único que merece la pena; el “terrible pero indispensable”, como adjetiva Juliette Binoche. Metros de película gastados justificadamente; que cuentan algo, al fin y al cabo.

Para pantallas planas en sentido estricto ya está la nueva televisión. El cine merecedor de ser considerado por los espectadores posee relieve. El acto de escribir y reflexionar al hilo de actividades asociadas con la creación perdería sustrato en el caso de que su punto de partida fuera el solo entretenimiento. Detrás de un título lo que hay es pensamiento. Y ningún autor reflexiona por entretener, y menos en público, sino para mover conciencias. En mayor o en menor hondura. Otra cosa es que se cuide la presentación y, de paso, los productos sean agradables a la vista y al tacto; e, incluso, hasta el sufrimiento provoque un raro placer.
Quien critica que a la Seminci le falta glamur debe de ser gente que echa en falta ciclos de calidad inferior, simplemente. A primeros de la Semana pasada, Fernando Lara se encargó de ironizar sobre aquellos que hablan sin fundamento: “‘Glamour’ es una de esas palabras que todo el mundo emplea sin saber muy bien lo que quiere decir con ellas”. Glamur, ese “encanto sensual que fascina”, es una palabra que no cabe en cualquier boca.

Para redimirnos de tanta tontería vacía con adornos cuché, veremos lo último de Costa Gavras o de Campanella. Amén de otros títulos demasiado consistentes para los detentadores del traído glamur -¡qué patrimonialización constante y caprichosa del léxico hacen algunos!- El arte debe sublimar la apariencia, pero también estar ‘mojado’, como preconizaba Gabriel Celaya en beneficio del interés general. Una cosa y otra son compatibles y no manchan el arte, lo hacen más grande. Es más, “la obligación del cine y la cultura es denunciar al poder” -Mercedes Sampietro-. El análisis social debe reposar sobre las cabezas que gobiernan la creación de un país. Un arte que no se implica se queda en meros fuegos de artificio, sería cobarde. Y el arte nunca es cobarde. Celaya lo maldecía “como un lujo cultural de los neutrales”, descreía de la poesía del que no toma partido, “partido hasta mancharse”.

Afortunadamente, el patrimonio ético de Lara no se va a dilapidar. No faltarán películas –concursables y no- que ayuden a explicar el mundo, que de eso se trata al fin y al cabo. Por las columnas calderonianas de la anterior edición desfiló nuevamente la actualidad y, con ella: Oriente Medio, la RDA alemana, los Balcanes, Irak, Argentina, Irlanda, la Guerra Civil española, Mauthausen y el nazismo, Cuba y Latinoamérica. Visiones independientes, ajenas al discurso único; miradas diferentes de lo que sea, pongamos, de un edificio. Hilos de una madeja que ayudan a explicar por qué Goya “no habría sobrevivido al siglo XXI”, tal y como reflexiona Milos Forman. Visionamos acercamientos a la corrupción de una política que mantiene “relaciones incestuosas con las multinacionales”. Así lo transmitió Johnatann Demme. Y que cada palo aguante su vela: “Los medios de comunicación se han convertido en un instrumento complaciente, indolente, en manos del poder”. Hace bien en manifestarlo: ¿de qué sirve la proyección pública si no es para despertar reflexión y dejar de ser cómplice de las pinturas negras de nuestras noches?

Normalmente, las mayores profundidades están en la sencillez, porque capta la esencia de las cosas. El espectador sabe que una historia puede requerir un tratamiento u otro, según la complejidad o las motivaciones de su autor. No hay películas lentas, hay concurrencia lenta. Las descripciones resultarán más o menos minuciosas en función de la mirada de quien las recibe. Una película a veces no es aburrida, sino que necesita de espectadores más avezados. El ritmo o la meticulosidad no afectan a la sencillez y, nunca, a la calidad o al terminado de un filme. Si Theo Angelopoulos o Manuel de Oliveira parecen lentos es que no se ha abierto la cabeza al suficiente cine; o es que la ausencia de efectos especiales no apaga la ansiedad general.

Uno y otro no son aburridos: son densos. Y son cimas. La calidad no tiene que ver con la duración ni con los vuelos de cámara. Un ejemplo plástico: Dostoiesky, Dumas, Chéjov, no son autores menores ni poco dominadores de la técnica narrativa. Todo lo contrario. Tampoco son aburridos porque sus descripciones se alarguen setecientas páginas. Serán, en todo caso, poco comerciales. Muchas veces el propio espectador debería dar un salto de calidad y ponerse él en cuestión. Y, de vez en cuando, como equivocándose, dejarse caer por los Casablanca y abandonar tanta palomita de gran superficie, que a veces uno no sabe si van a merendar y ver un ‘spot’ comercial de 90 minutos o a otras cosas. El cine son esas otras cosas -también es cierto, a veces se confunde con importaciones guays-.

El cine es un salón de espejos en los que lo poliédrico converge con el plano fijo. El tiro de cámara, si es efectivo, mata más que cualquier revólver comprado en un zoco yanqui. Las salas de cine son palacios de congresos que albergan reuniones en ocasiones más interesantes y necesarias que las habidas en los plenos del Ayuntamiento. Y las pantallas tratan temas más decisivos que la próxima ley orgánica que lea el boe.

La Seminci no ha perdido valor subversivo. Es para felicitarse. Los sueños, cuando están en 35 milímetros, sueños son. Calderón no vio muchas películas pero conocía que, para Orson Welles, el cine estaba hecho de esta materia. Cuando Georges Melié se levantó de la cama una medianoche mirando la luna no fue por azar. El cine es uno de los artefactos más perfectos para ejercer la notaría y la crítica social –en ocasiones, inapreciables para el mirón medio-.

En unos años, junto a las enciclopedias de los historiadores –los de verdad, no los revisionistas nostálgicos- y las hemerotecas de los diarios, se tendrán que visionar los metrajes de ciertas películas para buscar explicación a fenómenos y comportamientos surgidos en ese futuro o acontecidos tiempo atrás. Al fin y al cabo, el arte siempre ha sido producto del periodo histórico al que ha correspondido. Y el cine es arte. El séptimo. Es lo que nos hace ponernos esos antihigiénicos cascos –ya, de la familia- que hallamos en los respaldos de las butacas cuando hay versión original.

En el cine los milímetros no son de trazo grueso; al revés, de fino. El cine es un espejo pintado, según Ettore Scola. En cada edición semincinera hay un huequito para la soledad de los sueños, para homenajes idealistas a personas utópicas, como era el caso del mismo Welles. Nos deja Lara, entra Frugone. Quizás los sueños son la materialización de lo imposible en su camino hacia la verdad. La verdad no la alcanzaremos pero sigamos caminando mil semincis más.

En los días previos a la cincuenta Semana Internacional se ha echado a dormir el sueño eterno a lo Bogart ese examinador de las interpretaciones, ese enorme crítico de teatro y cronista de nuestros conservadores días políticos. Se va con la lengua intacta gracias a no habérsela mordido jamás –salvo con una pistola franquista en la sien-. Salud, Eduardo Haro Tecglen, y gracias por tantos años de servicio. Que la Bacall te acune. Y que la Seminci tampoco se muerda la lengua en lo suyo y nos siga besando con los labios rojos de siempre. Aunque por la boca mueran los peces en el río. Pero eso es otro villancico.

Y en esto no llegó Fidel

18 de octubre de 05

Finalmente, contra pronóstico, no se acercaron las barbas de la Revolución por nuestra Comunidad. Por un momento pensamos que las veríamos, nosotros, castellano y leoneses hechos a ver pasar por nuestra región poco más que el viento –que siempre se lo lleva todo-, dándose un paseo por el plateresco salmantino. Así que nos quedamos compuestos y sin estrella; nos quedamos sin ver a quien, a pesar de todo, es el protagonista de la Cumbre.

Y ello a pesar de que anunció hace meses que se sentiría honrado de pisar tierra española. Podía haber sido el preámbulo de la visita que supuestamente efectuará el rey a La Habana; todavía se recuerda cómo se emocionó el monarca en una cena en la que ambos líderes se saltaron el estrecho protocolo que tejió el Partido Popular –entonces, en Moncloa- para el encuentro, tan fugaz como la estrella de un nacimiento. Todavía se recuerda también la reacción afectiva e inesperada de Juan Pablo II, el Papa antimarxista, quien moderó su discurso e improvisó, con la lluvia tropical de trama y fondo, una condena al capitalismo “por encima del comunismo”.

En cualquier caso, nada afecta a los actos de distinto tipo convocados para el sábado, descafeinados ya, a fin de mostrar la adhesión y el rechazo a la Revolución cubana a mano de castristas y anticastristas. Una jornada comprometida, en sentido amplio. Por descontado, están contentos los que criticaban para mal la presencia de Castro aludiendo al tópico de que es un dictador; en realidad todos deberíamos haber estado orgullosos de contar en nuestra Comunidad con una cumbre de este nivel a la que hubiese asistido el legendario Comandante en jefe. Los mismos periodistas episcopales que ven normal y saludable tratar con representantes oficiales de Marruecos, Guinea Ecuatorial o Estados Unidos –cuyos pucherazos son internacionalmente admitidos-, cuestionan la legitimidad democrática de Chávez y llevan días –meses, años, la vida entera, en realidad- cacareando contra Fidel.

Por un mínimo principio de realismo político es no sólo era admisible, sino deseable, la presencia del presidente cubano en la Cumbre Iberoamericana. Debimos acoger con satisfacción las reuniones de Salamanca con el presidente cubano tratándolo como uno más -sabiendo que no lo es-. En todo caso, lo que pudo ser nunca fue. Su presencia hubiese sido rentable, máxime en un escenario geopolítico como el actual, en el que Castro resulta un gurú para gran cantidad de países del radio. Una Cumbre Iberoamericana sin Castro es como hablar de la Biblia sin contar con Mateo y Lucas; Y en esto están las derechas: en el desprecio constante a evangelistas testigos y protagonistas de la Historia.

Lula, Kirschner, Chávez, puntas de lanza de aquella zona del mundo, son fieles admiradores de Castro. Uruguay, Nicaragua, Ecuador, Colombia, países que viven un proceso de cambio revolucionario que se constatará en pocos meses. Algunos deberían preguntarse por qué; poner un poco en duda su visión preclara y unipolar del mundo. Puede que haya dictadores contra el pueblo –lo habitual-, pero también puede que los haya -con toda la mácula que quepa señalar en esto- para el pueblo, como en pleno despotismo ilustrado.

El contexto es fundamental. La clase política que vive diariamente con la crisis perpetua de Latinoamérica no es la única en primar lo bueno sobre lo malo del régimen cubano: aún, a pesar de todos los esfuerzos trompeteros capitalistas, conserva un puñado de premios Nobel y miles de significadísimos intelectuales apoyando la Revolución como la única salida a la miseria. Sin ir más lejos, esta misma semana siete premios Nobel acaban de firmar junto al gobierno cubano la petición dirigida al Fiscal General de EEUU para extraditar a cinco agentes de la Inteligencia cubana retenidos ilegalmente en suelo yanqui.

Que Cuba esté en unas cifras de desarrollo –social, no económico- equivalentes a las de cualquier país europeo es un hecho. Quizás por esto las páginas editoriales del mejor periódico del mundo, ‘The New York Times’, abrazaron un artículo que se titulaba: “¿Sistema sanitario?: pregúntenle a Cuba”. Es harto difícil condensar en una columna, por larga que sea, un análisis de la realidad política en América Latina. Pero a los que sistemáticamente cargan contra la isla aludiendo a pruebas normalmente falsas sobre, por ejemplo, presos políticos habría que preguntarles, ante tanta recurrencia obsesiva, si piensan sinceramente que los males del mundo provienen de una islita pequeña y pacífica como Cuba.

La respuesta intelectual probablemente es que defienden lo que defienden porque custodian un modelo social que, en ausencia de recursos ilimitados, necesita de países tercermundistas dóciles que firmen acuerdos para el desarrollo con Washington –de los que irremisible y reiteradamente salen más y más empobrecidos-. Estos ‘amantes de la libertad’ no están dispuestos a que les descuenten su cota de lujo para que el resto mejore. Estos ‘escrupulosos’ de los derechos humanos no entienden, o no quieren entender, que no hay mayor derecho humano en Latinoamérica que el conseguido por Cuba.

Lo expresa con lucidez Frei Betto, asesor presidencial de Brasil –también cargaron contra Lula al comienzo de su mandato sólo por ir acompañado de estrellas rojas y hoces y martillos-. El asesor muestra respeto y admiración por los méritos de la ‘guerra de las ideas’ cubana. A la pregunta de un periodista sobre lo arriesgado de amistarse con un país “en el que no se respetan algunos derechos humanos”, responde con ironía: “Esa es una visión muy europea de Cuba… vosotros pensáis que Derechos Humanos es libertad de expresión; para nosotros Derechos Humanos es tener comida, educación y salud. Y hablar de derechos humanos en América Latina es un lujo porque estamos intentando conquistar los ‘derechos animales’.

Cuba los tiene, no así “la mayoría de América Latina, igual que la mayoría de la población del mundo –cientos de millones de personas sufren desnutrición-. ¿Cómo voy a criticar a Cuba si es el país que tiene los mejores avances sociales, donde hay apenas cinco niños muertos por cada mil nacidos, mucho mejor que en EEUU?” Ciertamente es una injusticia, que clama contra los derechos humanos, enjuiciar la realidad cubana desde perspectivas acomodadas: hay que repasar a Ortega –el ser y sus circunstancias-. Y, si tienen la poción mágica, a estos próceres del desarrollo les ha sobrado tiempo para aplicarla sobre tantos países sobre los que han ejercido monopolio durante tantos años. A revés, sus recetas han hundido a las gentes en contraindicaciones.

En total, las cifras de pobreza a nivel mundial se estima que afectan a un 85% de la población, unos cuatro mil millones largos de personas… Uniendo estas cifras a las de Betto o los resultados del último informe de Naciones Unidas nos damos cuenta de que, a pesar del ‘periodo especial’, después de Europa, EEUU, Canadá y Australia, el siguiente país con mejor calidad de vida en el mundo es Cuba.

Habría decenas de puntos más por tratar. No se trata de defender ciegamente nada, sino de avivar la discusión con más elementos de debate. Sus tasas de mortalidad infantil, de esperanza de vida al nacer, de vivienda y saneamiento, etcétera, a juicio de inspectores de la ONU –juicio ratificado por UNICEF- es producto de “los ingentes esfuerzos realizados para, a pesar de las difíciles condiciones: -preservar los niveles de calidad de la enseñanza; -mantener las vías de distribución social vinculadas a la política social a base de productos normados a precios subvencionados; -el bienestar de niños y niñas, con respeto y atención a sus derechos, cumpliendo los compromisos de las cumbres mundiales a favor de la infancia; y -el desarrollo del sector de la salud como elemento sustancial al desarrollo a todos los aspectos de la vida humana, no sólo restringido a la ausencia de enfermedad”. El informe concluye que el cambio en las condiciones externas “no ha impedido preservar los éxitos obtenidos”.

Son afirmaciones realizadas por Naciones Unidas, quizás el organismo -aunque dependiente en origen de la OTAN estadounidense- más libre de toda sospecha, más independiente e incuestionable del mundo. Pasa que Cuba resiste cualquier visita, la isla sale reforzada de cualquier viaje. Si uno se quita las anteojeras de turista, claro.

Lo socialmente correcto es no ver la viga en el ojo propio y tener gran facilidad en avistar la paja en el ajeno. El problema de Cuba no es político ni de derechos humanos, sino no que no quiere entrar por el aro de lo establecido. Lo que les jode a algunos es que en Cuba no se malviva como quieren hacernos creer.

Desafortunadamente para nosotros, un fin de semana de octubre no pasó la Historia por aquí. Prestidigitador o no, ahí tienen a don Fidel, con Noam Chomsky, Nadine Gordimer, Gabriel García Márquez, Pérez Esquivel, James Petras, José Saramago, Wole Soyinka, Mario Benedetti, Rigoberta Menchú, Gunter Grass o Ernesto Sábato para secundarle en manifiestos y reivindicaciones. Una de las mejores novelistas españolas con diferencia, Belén Gopegui, se queja: “No somos pocos pero nos faltan altavoces”.

El fuego ya no es lo que era

3 de octubre de 05

Termina un verano pasado por las brasas, ¿quién nos va a redimir de tanto error? Parece que el capital también ha comprado el fuego sagrado, ese pleonasmo. Ya no hay respeto por nada. ¿Dónde acudirá Ícaro a quemar sus alas batiendo?, ¿al sol o a los bosques españoles?, ¿a qué lavadora, los broquers, a limpiar sus pecados desteñidos de verde dólar? Sin el fuego de nuestra parte, sin su resplandor amable, somos un poco más huérfanos. El fuego ahora hace daño, no ilumina. El fuego no es lo que era. La insaciable bulimia que padecía –Saramago- se ha tornado de súbito en el mejor tragaluz desde el de Buero. Ya no alumbra. No purifica. El fuego es un infierno del Dante, una fábrica de humo, un vivero de corrupción, un tío tragaldabas que nunca sacia su apetito.

El PP, dentro de esa ‘oposición contundente’ que proclama Acebes, airea aún con gusto lo ocurrido este agosto en Guadalajara. Sigue aireando y soplando por ver si aviva los rescoldos. Del modo que sea. Y ya se sabe que quien juega con fuego… se mea en la cama. Por eso hay políticos hechos y derechos –y de derechas- que duermen con pañales. Por si acaso.

Al calor de la incertidumbre, esa desconocida que siempre ha alimentado la inspiración, también se han dejado ver autores clásicos por los montes de Casavieja, en Ávila. Han ido allí a quemar sus prosas poéticas, como virgilios de columna sabatina. Precisamente en Ávila se junta el hambre con las ganas de comer: al fuego se añade la ausencia de agua porque la Espe se la lleva del río Alberche para regar sus tiestos en los madriles.

En Castilla y León despedimos el verano siendo la Comunidad, junto a Galicia, donde la acción del fuego ha sido más devoradora. Entre las dos acumulamos el 55% de los más de veinte mil incendios forestales y conatos de fuego habidos-provocados en España. Será simple casualidad que coincidan en tal liderazgo autonomías gobernadas por los conservadores, quienes ponen el grito en el purgatorio a causa de la financiación de la sanidad y de todo lo que huela a rojo –a rojo fuego, digo-. O quizás, han buscado sus procuradores y consejeros un pacto secreto con las llamas para intentar poner a prueba la respuesta del Estado. Total, si en el camino quedan los árboles, tampoco pasa nada: la doctrina W. Bush les culpa de los incendios –en el verano de 2002 sugirió sabiamente talar vastas extensiones de ellos para evitar riesgos-.

Aunque Herrera se haya apresurado a reconocer el esfuerzo crucial del gobierno de la nación en las labores extintivas, sus voceros radiofónicos de este lado del Atlántico –por algo son valedores del pacto trasatlántico contra la Vieja Europa- atizan el recuerdo de la gestión en el incendio de Guadalajara, contraponiéndola a las declaraciones del ministro del Interior –“Aquí no ocurriría el desastre de Nueva Orleáns; nuestro país tiene un poder público más adiestrado”-, refrendado él, según recogieron estas mismas páginas del DIARIO, por los distintos cuerpos y organismos que coordina Protección Civil -Cruz Roja, Policía Nacional, Guardia Civil y el mismo Ejército-.

Desde enero han ardido más de ciento cincuenta mil hectáreas -25% más que en 2004-. Quién sabe si hay un pacto secreto entre populares y rescoldos. Quién sabe si, detrás de los escaños, hay pirómanos que han dejado la lata de gasolina y las cerillas en el despacho. Luego, se entretuvieron en Roquetas, han tenido mucho trabajo. Lo cual les excusa a más de cuatro de haber llegado tan pálidos al comienzo del curso político. Algunos observadores, a la contra, argumentan que su color viene determinado por la última encuesta de intención de voto, que les aleja de la pomada. Quieren pisar el suelo, pero ¿quién les asegura que sus alas de gaviota no están hechas de material inflamable, pongamos por caso, de cera? Con este panorama, quien más quien menos es un ícaro en potencia. Algunos diputados nacionales con bigote no son más que modernas mujeres troyanas ávidas de destrucción; ante este panorama sobre el puente no queda más remedio que, como Eneas, implorar la lluvia que apague tanta calamidad.

Ver reducido el fuego a cenizas, lo que le faltaba a Castilla la Nuestra: más de dos mil quinientos incendios y conatos entre las nueve provincias en apenas dos mesecitos. Salimos a más de cuarenta incidentes diarios. León, Salamanca y Ávila, las provincias más perjudicadas. El agua ha regalado botijos a las llamas para que beban un poco y concedan alguna tregua en la época estiva. Les ha regalado, además, tiritas que se deshacen en las rodillas arrugadas de encinares, olivos y robles centenarios. El fuego se inmola en orgías con la ayuda de pirómanos. Los elementos andan desbocados, sólo falta el diluvio universal. Luego, podríamos poner el tiempo a secar y comprobar si la lejía quita todas las manchas de enmascarado progreso que lleva en la solapa. La existencia es un árbol de hoja caduca al que le quedan dos veranos.

Dice el poeta José Pulido en ‘El corazón disperso’ que el fuego nació cuando la noche abrió sus manos para buscarse. Eso era antes, ya no hay quien asista a ninguna aurora de las formas. Por lo visto, y aunque los poetas no estén de acuerdo, los pájaros han dejado de descifrar estrellas para sólo avistar, desde las incómodas alturas, ollas con prisioneros dentro. La antropofagia no debe sorprender a nadie. Hace años que la practica el Occidente desarrollado.

Oficialmente, no, pero a nivel sicológico el verano ha acabado. Aznar volvió de sus vacaciones con Berlusconi –lo mismo le ha inspirado alguna conferencia para Faes-. También los meses de calor, entre incendio e incendio, han servido para leer documentos desclasificados: Colin Powell comenzó a preparar el cambio de régimen en Irak justo al día siguiente del 11-S, pasándose los progresos sociales del presidente iraquí, reconocidos por Naciones Unidas, por donde se pasó a continuación a este organismo una mañana de Nueva York.

Al presidente del mundo también lo hemos visto disparando al aire de Nueva Orleáns para espantar los cuervos que ha criado en forma de cambio climático. Y los que llamaban agoreros hasta hace poco a los denunciantes del calentamiento global oyen que el agujero de la capa de ozono ya es del tamaño de Europa. Eso, a lo grande, al gusto yanqui, todo pasado de peso: “¡Qué pasada, qué agujerazo, guao, habrá que llamar a los del Guiness porque es de récord!” American buey of laif. Al paso, el señor presidente despreciaba a los médicos de Castro, aun suponiendo ello numerosísimas muertes encharcadas de compatriotas abandonados a su mala suerte en hileras abstractamente compuestas de hedor y blues.

En verano pasan muchas cosas: un rimbombante Consejo de Cooperación Económica recomendó liberalizar servicios para que reine la ley del mercado -que es algo así como la de la selva pero más salvaje-, proponiendo flexibilizar el trabajo. El de otros, claro. Para colmo dicen, apoyados siempre con el codo derecho en la mesa, es necesario volver a construir centrales nucleares. Cualquier consejo de animales del bosque tiene más sabios que los de esa ‘pandilla limpieza’ que resultó no ser más que, una vez sin disfraz, una fiesta de empresarios. Privada, claro, con el derecho de admisión reservado. Ahí se tradujeron sus recetas. Recetas privadas. Pues, entre nosotros, que se las queden ellos. Así, privadamente.

Más verano: en Gran Bretaña no necesitan de fuegos. Los tienen artificiales con los asesinatos legales de Scotland Yard. En Portugal, todo lo susceptible de empeorar, empeora. Murphy redactó nuevas leyes de fácil aplicación en la Coimbra clásica, de postal en blanco y negro, acorralada por un fuego matón de trágico lacrado. Pero una de las cosas más bonitas, que nubló las noticias de miles de hectáreas asueladas por las llamas, se produjo a finales de agosto: conocimos que en Níger los habitantes rompen los hormigueros para coger los granos y llevárselos a la boca -tal es el hambre-. Desde luego, si es que son como animales.
En los países desarrollados nos inmolamos de una manera más civilizada que la usada por esos cafres islamistas que se prenden fuego en mitad de la calle después de cualquier protesta. ¿Aquí?, combustión para todos. Además, ¡qué espectáculo de feria, el incendio forestal!, qué juego cromático: montes, primero, verdes; luego rojos; finalmente, negros.

El verano ha terminado y todo está derretido como en un horno crematorio, como en los microondas radiactivos que tan bien nos definen. La leve caricia de la noche se tornó áspera. ¿Qué podemos hacer para defender los bosques?: ¿escuadrones de gamusinos?, ¿armar a las abubillas? CCOO insiste en la necesidad de invertir en trabajos forestales y dotar de trabajo todo el año a efectivos especializados en sus funciones, poniendo el acento en las importantes labores preventivas cuando no hay riesgo de incendio, en los meses de invierno.

No son de extrañar las frases lamentosas de la ministra del Medio, Cristina Narbona: “Hay tolerancia y complicidad social”. Sólo con los ojos cerrados se puede pasar por alto que únicamente el 5% de los incendios tengan su causa en propia la naturaleza. Con los ojos cerrados y el cerebro y el corazón anegados de mierda. O bien con el portazo de algún dios. Nietzsche vuelve a estar de actualidad. Entre cambios climáticos y demostraciones de la ilimitada limitación del hombre no nos caben dudas respecto del paradero del permisivo cielo católico. Al fondo… a la derecha.

Las piedras y el tejado

14 de junio de 05


Ha muerto otra tienda de música en la ciudad. Se llamaba Rocko y no ha resistido la competencia desleal que la tecnología trae como una hogaza dura bajo el brazo. Ha fallecido mientras vendía discos a causa de una deshidratación. Pero la pérdida de líquido no ha tenido que ver con las temperaturas cambioclimáticas que anuncian olas de calor.

Ahí quedan los restos vacíos, ocupando un trozo de pared en la calle de san Felipe. Abandonados, sin pósters ni estanterías; sin novedades que ofrecer; aparcando indefinidamente los restos de serie y las segundas manos. Visibles, sólo unos cartelones de liquidación total. La liquidación es distinta según de dónde proceda. Puede venir de Imre Kertész -y entonces hacen reverencia unos señores suecos- o del grasiento mercado. La liquidación siempre ha sido selectiva, silenciosa. Excepto al llegar al primer millón, que ya empieza a despertar sospechas, como ocurrió en aquella Alemania. La liquidación a estas alturas de libre mercado, no iba a ser menos, es una señora de derechas muy educada: hay cámaras invisibles de gas esparcidas por las europas cumpliendo su función de manera eficiente -unas gotas de estrés, un poquito de soledad, unos gramos de consumo macroeconómico-. En África, a diferencia, las cámaras son visibles: basura industrial, petróleo por armas, y suelo tribal devastado.

La desaparición de este tipo de tiendas es una constante desde hace ya algunos años. El pequeño comercio musical está acorralado. Pasa que la música anda por los suelos: se vende en mantas que no dan calor. En este caso son 170 metros cuadrados que se traspasan; en otros, grupos olvidados o contratos que se dejan de firmar. Como dice una cantante que no es santa de mi devoción, Soledad Giménez, “nada puede competir con lo gratis”. Pero es que esa gratuidad recae sobre los hígados de profesionales, de gente que vive de su oficio. De personas que son músicos igual que usted puede ser médico, albañil o profesor. Enrique Bunbury lo tiene claro cuando le preguntan. “Sin pagar, no. ¿Tú qué opinarías si no te pagasen el artículo?”, le compele al periodista. “No he pedido que distribuyan mis canciones, ¿por qué lo hacen?”; “¿Amor al arte?, ¿por qué se lo exigen sólo a los músicos?, ¿por qué no a Aznar? Quiero cobrar por lo que hago. Es mi trabajo, es mi vida. Seguramente lo haría si no me pagaran, pero que no me fuercen”.

El malestar en la cultura ‘musical’ no es ajena a movimientos extramusicales -de triunfantes que se operan el gesto- y, sobre todo, no es ajena al creciente fenómeno de la piratería. Las consecuencias de bajarse canciones impunemente de Internet o comprar la música de contrabando van en cadena: desde la discográfica al consumidor. Sí, finalmente, el más perjudicado es el oyente, que encuentra asfixiada la calidad en un corsé que apenas realza nada.

“Con la música a otra parte”, parecen decir desde un zulo en el que se trabaja treinta horas al día, produciendo dos mil discos por segundo; o desde la azotea universal del que cuelga en la red música lista para ser robada. Música que ha costado sus horas de inspiración, composición, arreglos, alquiler de estudio, grabación, productor, disquera, promoción absolutamente imprescindible, personal en tiendas, etcétera etcétera.

Aurora Beltrán aboga porque se multe a quienes compran un cedé pirata. No le falta razón cuando llama “gentuza” y “ladrones” a los se bajan música de la red a cambio de nada. No es hurto: “No te ponen una pistola en la cabeza, pero están robándonos”. Efectivamente, se trata de un problema de educación, “la gente no tiene civismo”. Su grupo, Tahúres Zurdos, también ha echado el telón. La piratería musical -no lo es la copia privada- está muy bien vista porque parece de tontos no robar en ausencia de castigo. Esto es propio de sociedades sin ética, que necesitan el palo, el policía detrás; que sin castigo, delinquen. Que frenan cuando ven a la policía y luego acaban estrellándose contra un camión.

Las prácticas ilegales implican, fundamentalmente, que el consumidor no pague un euro en concepto de derechos de autor. Esto es tanto como imaginar a un electricista loco haciendo instalaciones gratis por la ciudad. La consecuencia directa es la muerte de la música: grupos que desaparecen y tiendas de música que cierran. No sólo afecta a los músicos establecidos, sino, sobremanera, a los grupos noveles -muertos antes de nacer-.

Está muy bien eso de bajarse canciones sin pagar un duro. ¿Por qué no hacemos todos lo mismo con otros productos? Bajar a la panadería, tomar una barra y salir corriendo. Hace trece años un paquete de negro costaba 53 pesetas, hoy, 350. El periódico ha subido el doble. ¿Y qué me dicen de los coches? Rompan una luna y llévenselos por la cara. No es más que eso. Hala, todo gratis. Jaume Sisa escribió un artículo impecable ironizando sobre la contingencia de que la música y, pasito a pasito todo en la sociedad, fuera gratis. “Queremos música gratis. Managers, empresarios, promotores, personal de montaje luz y sonido, locales de ensayo, pegadores de carteles, vendedores de entradas, todos vivirán del aire porque nadie les pedirá dinero cuando acudan a comprar lo que necesiten para vivir”. Y termina comentando: “Gracias a la tecnología digital será posible lo que ni la Revolución Francesa, ni la República española, ni el Soviet Supremo, ni el Mayo del 68 hicieron realidad”.

“Es muy caro”, se quejan algunos insensatos. La carestía de algo siempre es relativa, pero este es un argumento que suena a mentira, ya que se trata de un producto que nunca ha subido de precio. Si de precios abusivos hablamos -si ese es el problema y no la comodidad delictiva- marchen a robar ropa de marca. Ésta, objetivamente, sí lo es. Relativismo moral inaceptable.

Los discos no se pueden abaratar para ser competitivos: es el único producto que no ha subido de precio en casi casi veinte años. Y hay mucho que pagar con poco. Cuesta lo mismo una novedad hoy -de 14 a 16 euros- que en 1988 -2.500 pesetas-. Cuando, meses después, bajan a serie media, los cedés son más baratos que las antiguas casetes o los delicados elepés. El vinilo ‘Islands’ de Mike Oldfield costaba 1.300 pesetas en 1987. En 1991, en disco compacto, el ‘Use your Illusion I’, 3.100. Por eso no le falta razón a Loquillo: “¿Bajar el precio de los discos? Lo que habría que hacer es subirlo”.

Ladrones de guante blanco. En EEUU ya se ha empezado a perseguir a los usuarios que desde la placidez de sus casas aumentan la discoteca de su habitación. Con la factura de teléfono les llega la multa. Es una buena manera de hacer comprender que bajarse canciones sin pagar debería ser una actividad de riesgo.

Entre quienes fomentan la piratería no hay perfil. También hay músicos ‘superauténticos’ que la comprenden o la alientan a costa de batallar contra la malvada industria: Kiko Veneno, Alaska o Manu Chao, quien repite que la industria es una mafia pero no rompe contrato, además de tener un caché millonario -equivalente a la suma del de cuatro grupos españoles- que pagan ayuntamientos sin cobrar entrada. Hipocresía. Los abogados de Dios ‘defienden’ al consumidor. Ay, qué bonito. Piden la bajada de precios, que se retire el canon que grava los discos vírgenes y critican a las discográficas, sin las cuales no habrían sido nada. Van de independientes pero sólo tiran piedras contra su propio tejado.

La tienda de la esquina cierra, pero nos quedan las grandes superficies, que son las cavernas de nuestro tiempo, como acertó a comparar el genio luso. Sobre todo hay dos enooormes: el supermercado-mazacote e Internet. Se pueden contar con los dedos de una mano las tiendas de discos que quedan en Valladolid. En sólo tres años han desaparecido seis -entre ellas las míticas Discos Foxy, Discos K o Maci Rock-. Al que le gusta la música tiene los discos como fetiches, gusta de mirar bellas portadas y tiene actitudes de amante.

Los que se bajan por sistema discografías completas son eternos advenedizos en un mundo que les ignora. Con esas piedras a otro tejado. El día en que me reciba un dependiente que no tiene ni idea ni gusto por lo que pido, y que lo mismo podría despacharme el embutido, dejaré de comprar música. Van a conseguirlo.